La banca no comprendía como el borracho prefería pasar su tiempo persiguiendo palomas, en vez de sentarse en ella y juntos ver a la gente pasar.
Hay que mencionar que la banca, banca inmóvil y pasiva al fin y al cabo, detestaba resignadamente a las palomas y su cercanía y que en su indolencia, las malditas la mancillaran con su suciedad.
Pero había buenos días para la banca, donde por razones que sólo el destino alcanza a vislumbrar, la banca gozaba de la compañía de su amado.
Era en esos días, aquellos donde el tiempo es bueno, y la hora precisa hacía que el viento meciera suavemente las ramas de los árboles, en que el borracho se iba con una botella de vino barato y una radio a escuchar sobre la banca como el equipo de fútbol que tanto le gustaba perdía inexorablemente, a su vez que el vino se escanciaba, y el borracho gritaba desesperado que cómo era posible apoyar un equipo, a sabiendas que era tan malo.
Nuestra banca tuvo la fortuna un día de que el borracho empezó a beber como si no hubiera un mañana, y cayó profundamente dormido cuán ancho era, sobre ella, dándole así la dicha de contar con su compañía y su cobijo por más tiempo del que estaba acostumbrada, y avivando su amor más de lo que era conveniente.
No sabía, atornillada como estaba, que esto le costaría la ausencia de su borracho que, acosado por la culpabilidad de quedarse dormido a merced de vagos y ladrones, había dicho que no volvería a beber, y, mucho menos, quedarse dormido en una incómoda banca.
Pasó el tiempo, y la banca se cansó de esperar al borracho, y a éste se le olvidaron sus malos hábitos, y evitaba pasar por aquel parque que sólo traía recuerdos vergonzosos.
Estando así las cosas, quiso la casualidad que el borracho, ahora ya un hombre regenerado y con un trabajo estable, tuviera una reunión cerca a aquel parque, y en la prisa, se olvidara lustrar los zapatos.
-Los lustraré en el parque.- pensó.
El parque estaba atestado de gente a esas horas de la mañana, y el único sitio que encontró para sentarse fue en la banca contigua a su antigua compañera de jaranas y excesos, donde ahora, se sentaba un respetable señor que leía el periódico.
La banca intentó moverse, pero, como ya lo hemos dicho, atornillada como estaba no podía decir una sola palabra.
Además, el señor lector que sobre ella estaba la trataba bien, y habían desarrollado una muy bonita relación, porque este lector era constante y de costumbres fijas.
Acabando ya de lustrarse los zapatos, nuestro personaje se paró, y esbozó una sonrisa pensando en aquellos viejos buenos tiempos, donde su distracción eran las palomas, y escuchar la radio sobre una banca de parque, y sin más, se fue a su reunión.
Después de esta reunión al señor lo trasladaron de ciudad, y no volvió por el parque.
Y la banca hay que decirlo, sigue ahí tarareando canciones de radio, y pensando que le gustaría rascarse una pata, lástima que esté atornillada.