sábado, 19 de noviembre de 2011

Black Eyed

"Tierra de nadie, oscuridad
  sin rumbo fijo debes vagar
  pero recuerda que ahora
  eres libre! (Tierra de Nadie, Barón Rojo).


Ayer escuchaba una canción de Death Cab for Cutie llamada Bixby Canyon Bridge, canción que no suelo escuchar mucho, y jamás le había prestado suficiente atención a la letra.
Bueno, pues me enteré que la canción habla del viaje del vocalista de la banda en cuestión por la zona californiana Big Sur, rastreando los pasos del escritor Jack Kerouac descritos en la novela titulada igualmente Big Sur:

In the silence it became so very clear
That you had long ago disappeared

And I cursed myself for being surprised
That this didn't play like it did in my mind

El día que Diego Andrés se murió, traté de buscarlo, de sentir sus pasos por las calles en la noche de Popayán, pero las cosas, al igual que en la canción, no salieron como me las había figurado, y las calles se sintieron desoladas y amenazadoras, y los faroles proyectaban una luz diferente, aciaga.
De tal forma que me guarecí en el bar de unos amigos y me emborraché con cerveza, y lo pensé mucho.
Y muchos eventos que me habían parecido triviales cobraron importancia a nuevas luces, como cuando me mostró lleno de emoción una canción en harapos, y yo le dije que me parecía una canción pendeja...

Ahora que no está me da rabia, me da mucha rabia no haber poder compartido con el muchas cosas que sé le hubieran gustado, me da rabia no haber aprendido muchísimas cosas que podía enseñar.
Su muerte no ha sido un dolor sordo, más bien uno que ataca de repente, cuando sabés que el habría tenido algo que decir, cuando sabés que su luz habría podido iluminar algún oscuro problema de esos que nos aquejan constantemente.
Se habría reído de buena gana de las últimas estupideces que he cometido.
Maldita sea, que piedra que se haya ido, y no haberme podido despedir.
Te extraño mucho enano.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Zugzwang



Después de pasar tres días guardando cama, con la boca reseca y la ropa empapada en sudor por la fiebre, el malestar había empezado a disminuir, la infección en la garganta había cedido, y por fin Víctor tuvo fuerzas para pedir un caldo al asadero de pollos más cercano.
Odiaba los asaderos de pollo, y no entendía como la gente podía ir a engrasarse las manos a un sitio que destilaba incomodidad y aburrimiento y cuyos empleados encarnaban una proverbial apatía y mala cara.
No obstante, no le quedaban arrestos para prepararlo él mismo, y en su soledad no había nadie a quien acudir tampoco, de tal forma que el caldo llegó en un icopor media hora después, dentro de una bolsa de papel, acompañado de dos arepas frías e insípidas y le supo, como muchas otras cosas, a alivio y resignación.
El cuarto estaba lleno de botellas vacías de gatorade, sobres de bebidas en polvo para los resfriados, y encima de la mesa de noche estaban los antibióticos que tendría que tomar por otros cuatro días.
Se preguntó que opinaría Matías cuando lo viera, demacrado, como escapado de las mismas garras de las Parcas.
Realmente, no era para tanto, las amígdalas se le inflamaban ocasionalmente, y las bufandas, tapabocas y demás recursos eran inútiles cuando le había llegado la hora de enfermarse. Sólo era cuestión de aceptar cabizbajo una batalla que habría de ganar, pero que no quería pelear.
Pensó que un buen baño le vendría bien, así que reunió sus fuerzas para salir de la cama y trastabillar débilmente hasta la ducha.
El agua le golpeaba la espalda, y no pudo menos que imaginarse azotado por un monzón en un paraje selvático, donde el aguacero no te deja ni siquiera escuchar tus propios pensamientos.

Cuando se viera con Matías le preguntaría cómo era que los vegetarianos no se enfermaban por falta de nutrientes y proteínas que brindaba la carne, además de darle color a la piel y, según él pensaba, parte de las fuerzas para seguir viviendo.
Sabía que Matías se reiría y haría una larga defensa de sus hábitos y costumbres, porque además de estar obligado por sus creencias religiosas, se veía siempre compelido a justificar sus acciones racionalmente; seguramente hablaría de lo anti-ecológico que era el hecho de comer carne, sin contar con las implicaciones económicas y morales de darle cereal a un animal cuando se podía invertir ese mismo cereal en asegurar el sustento de otros seres humanos.
A Víctor poco le importaban todas esas justificaciones, y comía carne frecuentemente. De hecho, pensaba hacerlo apenas su adolorida garganta pudiera soportarlo.

Matías no había probado la carne en toda su vida, pues su madre y su padre lo habían criado bajo la estricta observancia de los principios hinduistas.
Los padres de Matías se habían conocido y habían empezado a salir mientras asitían a la facultad de ciencias de la salud de una prestigiosa universidad privada; el padre estudiaba medicina, y la madre, nutrición y dietética.
Después de la graduación habían emprendido un viaje a la India, donde ambos se habían visto fascinados por la cultura. El padre había decidido seguir sus estudios en medicina alternativa, y había logrado establecer una clínica donde efectuaban tratamientos homeopáticos, acupuntura y medicina ayurvédica.
Por otra parte, la madre tenía un consultorio en la misma clínica, y se dedicaba a prescribir dietas vegetarianas, generalmente a señoras New Age reciente y temporalmente seducidas por el yoga y el estilo de vida sano.
La clínica era un buen negocio, y los padres de Matías creían en la austeridad, así que el padre podía irse cada año tres meses a parajes remotos del país a administrar medicinas y trabajar para las comunidades que lo necesitaran. En varias de estas ocasiones se llevaba a su esposa y su hijo, por lo cual Matías había alcanzado a estudiar en varias escuelas de veredas y corregimientos, ya fuera en la selva o en la costa, o en alguno de los muchos páramos donde abundan los frailejones y el frío.

El día que Víctor renunció a su trabajo como asesor comercial en un banco, fue a despejar un poco su cabeza al parque. No debía haberle pegado al gerente, pero en el furor del momento, su mano había reaccionado más rápido que su cabeza y se había estrellado contra el mentón del gerente mandándolo contra uno de los cubículos, mientras una secretaria gritaba aterrorizada y el caos se desencadenaba.
No hubo palabras, sólo cogió su escarapela y la tiró al piso mientras el guardia lo sacaba a empellones.
Mientras buscaba una banca, alcanzó a divisar a un Hare Krishna.

- Que no se me acerque ese hijueputa, porque de seguro que también le rompo la cara. - masculló.

Afortunadamente, el Krishna estaba en ese momento vendiéndole una caja de varitas de incienso a una señora que por ahí pasaba, y no cayó en cuenta del individuo perturbado con cara irascible que acababa de cuestionar la integridad de su madre.
La banca que Víctor encontró quedaba contigua a unos escalones donde unos muchachos practicaban sobre sus patinetas saltos y acrobacias.
Víctor observó despreocupadamente, a la espera de que alguno de esos insensatos se abriera la cabeza.
Después de un rato, al ver que no ocurría, se paró y fue a darle una vuelta al parque antes de encaminarse hacia su casa.

En una de las esquinas del parque, habían erigido seis mesas con tableros de ajedrez pintados, a las cuales asistían a jugar viejos jubilados, desempleados y vagos a pasar el tiempo, apostar y discutir de política y de como estaba de jodido el mundo.
Justo antes de irse, Víctor pasó por ahí y observó un par de partidas, pensando que mientras estaba entre trabajos, no estaría mal desempolvar su apertura siciliana en aquel patético escenario, y así sumirse un poco más en la autodestrucción que había empezado aquella mañana que no se había presentado a la entrevista en el Ministerio, y que ahora ahondaba con el sopetón que le había propinado al "doctor" Benítez.
Cuando llegó a casa, se aflojó la corbatucha detestable esa que les daban a los empleados del banco, destapó una cerveza y prendió un cigarro.
Considerándolo a vuelo de pájaro, la liquidación y lo que tenía en su cuenta le alcanzaba, si administraba los recursos juiciosamente, para tres o cuatro meses de desempleo, sin contar la plata que le debía Pérez, el del trabajo, que en caso de recuperarla le daba el respiro de otro mes.

Al día siguiente, después de un buen desayuno, leer el periódico un rato, y envenenarse contra los programas mañaneros de variedades de la televisión nacional, Víctor emprendió el camino hacia el parque.
El recorrido lo llevaba por una alameda al lado de un caño que encauzaba un riachuelo citadino.
Este camino era el mismo que lo conducía hacia el banco, pero debía cruzar siempre al llegar al colegio cercado por un alto muro de ladrillo a la vista.
Contiguo a éste siempre había una señora que vendía mangos para los colegiales que salían a mediodía hacia sus casas y, temprano en la mañana, exprimía naranjas para hacer jugos para aquellas personas que se dirigían a su trabajo por esa ruta.
Al llegar al parque empezó a ver partidas mientras identificaba a los jugadores más fuertes, seguramente contra los cuales se batiría, porque el nivel no ascendía mucho.
Empezó a jugar y completó una racha de cuatro victorias, y cual no sería su sorpresa cuando su siguiente contendor resultó ser el Krishna, y mayor aún su desconcierto cuando éste le ganó tres partidas seguidas...

- Seguramente si apostamos algo de plata se vuelve más interesante la cosa.- dijo Víctor para no mostrar que estaba apabullado.

- Yo no apuesto.- Contestó Matías serenamente.

Con el tiempo Víctor se enteraría de que los Krishnas no apostaban, ni comían carne, ni consumían ningún tipo de sustancia estimulante.
Al comienzo, Vìctor recelaba de la paz que proyectaba Matías, asumiendo que debajo de esa aparente calma había un torbellino de inquietudes y deseos reprimidos. Víctor creía que una persona que no se entregaba a la carne y sus deseos bien podría ser un muerto en vida, o un alma en pena que deambula por el limbo.
Matías en cambio, creía todo lo contrario.
-Someterse al ímpetu de lo inmediato solamente nos encadena por más tiempo a nuestras limitaciones terrenas.- solía decir.
Las conversaciones se volvieron frecuentes, y muchas veces después de las partidas de ajedrez, se prolongaban las caminatas y los diálogos hasta que caía el sol.

Víctor era muy terco y soberbio, así que nunca le pedía consejo a Matías de nada. A pesar de esto tomaba atenta nota de todo lo que decía éste, descubriendo una sabiduría que rebasaba sus años y las creencias que le habían inculcado.
Por otra parte, Matías nunca aceptaba ninguna invitación, no jugaba billar, no tomaba ni café ni cerveza, y tampoco podían ir a comer, porque Víctor primero muerto que vegetariano.
Así que sus entrevistas tenían escenario fijo, pero sus discusiones los llevaban a muchos lugares y tiempos, generalmente conducidos por Matías, pues Víctor era agudo de pensamiento, pero carente de cimientos, pues sólo había leído lo que le habían asignado, y quizás menos.

Cuando Víctor volvió al parque después de ausentarse por la amigdalitis, la tarde estaba gris, y amenazaba con llover.
Igualmente salió de su casa con una leve esperanza de que aclarara. Esperanza que fue brutalmente aplastada cuando se desgajó el chubasco.
Fue frustrante ver que después de una semana soleada que había tenido que ver por la ventana de su apartamento, se rompiera el cielo con tal intensidad apenas había sacado la cabeza de su madriguera.
Víctor volvió a su casa, y decidió quedarse viendo series viejas en la televisión.
Por la noche no pudo dormir bien, un ruido de la calle lo despertó, así que se paró a la cocina, y se sirvió un vaso con agua.
Mientras esperaba que el sueño le diera cobijo de nuevo, prendió el televisor en un canal donde a esa hora repetían un especial de los Beatles, que le había aburrido sobremanera la primera vez que lo había visto.
En ese momento sonaba Michelle:

Michelle
Ma belle
This are words
that go togheter well
My Michelle

Y pensó en ella. En un repentino ataque de nostalgia pensó en ella y en sí mismo, y como sus caminos se habían separado.
Al día siguiente trató de reconstruir la historia, y quiso contársela a Matías. Los recuerdos eran vagos, la había conocido en el tiempo en que él aún era una promesa y no una deuda que no se podría pagar...

Durante la primera confrontación, Víctor inició su relato.

La historia de Víctor

La primera vez que quedamos para salir, hacía mucho frío, tanto que me puse una chaqueta gigante que me habían regalado, incluso una bufanda.
Yo estaba muy nervioso, realmente no habíamos cruzado más palabras que aquellas cuando me atreví a preguntarle como se llamaba, por insistencia de un amigo, con el que yo iba siempre para arriba y para abajo, y que siempre me pillaba distraído cuando nos habíamos cruzado en la calle con ella me dijo que si la miraba tanto debería hablarle.
Empecé por dejar de sólo cruzar miradas, y saludar. Y una vez nos encontramos en la biblioteca, yo estaba haciendo un trabajo y ella leía.
Le pregunté qué leía, su nombre y que hacía, a lo que me contestó que iba a empezar a estudiar ingeniería de sonido, que le encantaba la música, y durante varios años había tocado el piano.
Yo pensaba seriamente en decir algo inteligente sobre la música o el piano o algo para no parecer tan ignorante, pero las palabras, como es usual, no me salieron.
A pesar de esto, y de dar una pésima impresión, me dio su teléfono.

Así que el día convenido, aquel día frío la esperé en el lobby del edificio donde vivía, un edificio grande y viejo, cuya portería crucé después de estar tiritando afuera por un rato. Había tomado un bus, pues el taxi me descompletaba el presupuesto estudiantil para invitarla a salir.
Ella tenía un jersey rosado con cierre, demasiado delgado para el frío que hacía.
Nos fuimos caminando, pues queríamos ir a algún sitio cercano.
Entramos a un café con tintes bohemios romanticones, que tenía una pequeña chimenea que crepitaba alegremente, y nos sentamos en la mesa contigua a ésta.
Después de ver la carta, pedimos un par de cervezas, mientras el mesero nos miraba con desdén. Cuando las trajo nos pidió que nos corriéramos de mesa, pues ocupábamos la mejor mesa y aparentemente nuestra orden no satisfacía los requerimientos para sentarnos en ella.
Sorprendidos, nos miramos, y nos corrimos dócilmente, en lugar de haberle despicado la botella en la cara a ese imbécil, como debimos haberlo hecho.
Creo que después fuimos a otro sitio, no me acuerdo, pero eso fue lo más memorable de nuestra primera salida.

En ese momento Matías le declaraba el Jaque Mate, y Víctor lo acusaba de aprovechado y de haberlo agarrado distraído.
Las partidas y la historia de Víctor continuaron.

Las siguientes veces que salimos me enteré que le encantaba escuchar los Beatles, y que cuando practicaba juiciosamente el piano había logrado una buena ejecución de la marcha turca de Mozart.
Por esos días había otra chica, una compañera de universidad con la que me hacía frecuentemente, era orgullosa, y cuando salíamos jamás se dejaba invitar a nada, era independiente y de carácter fuerte. Acababa de salir de una relación con un tipo con el que había durado casi tres años y el prospecto de meterse con alguien le incomodaba en grado sumo. Nos tratábamos como dos viejos amigos, que no se tutean, sino que usan el usted a fuerza de costumbre. Este trato informal era refrescante, y saber que no podía haber nada entre los dos me atraía, y dejar que eso avanzara fue una gran estupidez.

Palabras más, palabras menos, mientras la situación se desenvolvía pausadamente con la pianista, mi compañera empezó a mostrar un interés inusitado en mí, lo cual me confundió y me nubló la mente. Empecé a faltar a mis compromisos con una, pero tampoco hacía ninguna jugada con la otra. Hasta que una vez, me atreví a contarle a mi compañera como me sentía y me paró en seco, diciéndome que no me equivocara, que ahí no había posibilidades de nada.
Al día siguiente me sentí avergonzado y decidí no volver a llamar, a ninguna de las dos.
En últimas, me quedé sin el pan y sin el queso, Matías. Todo porque la vida me presentó con dos oportunidades excluyentes ¿se da cuenta? esta vida injusta que te hace elegir bajo un velo de total incertidumbre.
En últimas, creo que las decisiones habrían sido otras si hubiera habido otra oportunidad, pero no hay tal, porque las segundas oportunidades son más raras que los dientes de una gallina.

Caía la tarde, y Matías escuchaba atentamente a lo que decía su contrincante, eso sí, con el ojo puesto en la partida, esperando la oportunidad para desolar el territorio enemigo, limpiarlo de peones, alfiles y caballos, esperando la oportunidad para hacerse con la victoria.





martes, 13 de septiembre de 2011

Dos Ruiseñores y dos rosas para vos

Ocurre que leí un cuento cuando era niño, la versión que yo tenía era diferente a la que me robo ahora, pero para efectos prácticos el contenido es el mismo (aquí la larga). Después, volví casualmente sobre él, y después le pregunté a alguien, quien yo sabía compartía mi gusto por ese tipo de historias me dijo que el cuento del ruiseñor y la rosa era su favorito, y me lo mandó, y era diferente y aún más desolador que el que yo conocía.Entonces uno es el cuento del príncipe pobre, y el otro es el ruiseñor y la rosa de Oscar Wilde, ambos con un triste y similar desenlace.

El Príncipe Pobre


Un príncipe, para pedir la mano de una princesa, le envió las cosas más bellas que encontró: una rosa y un ruiseñor.
El rey y todos los demás quedaron encantados con los regalos; sólo la princesa arrugó desdeñosa la nariz:

- ¡Esa rosa es de verdad, ni siquiera es de plata! ¡Y el ruiseñor está vivo, no es de cuerda!
El príncipe fue rechazado pero no se resignó. Se disfrazó y se puso a trabajar en la corte como porquero. En sus ratos libres fabricaba objetos raros para atraer la curiosidad de la princesa.Una vez construyó una olla con cascabeles que sonaban cuando hervía el agua. Ella quiso comprarla a cualquier precio; el dijo que solo se la daría a cambio de un beso y la princesa aceptó.El rey sorprendió a la hija besando al porquero y hubo un gran escándalo. Entonces, el porquero confesó que era un príncipe y ella quiso arreglarlo todo con el matrimonio; pero ahora fue él quien rehusó:
- Por una rosa y un ruiseñor no has querido a un príncipe, pero por unos cascabeles has besado a un porquero. ¿Sabes lo que te digo? Quédate con la cazuela y soltera.

El Ruiseñor y la Rosa

El ruiseñor y la rosa
[Cuento. Texto completo]

Oscar Wilde

-Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay una solo rosa roja en todo mi jardín.

Desde su nido de la encina, oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado.

-¡No hay ni una rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante.

Y sus bellos ojos se llenaron de llanto.

-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa roja.

-He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aún sin conocerlo; todas las noches les cuento su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.

-El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-, y mi amada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará ningún caso. No se fijará en mí para nada y se destrozará mi corazón.

-He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es alegría para mí es pena para él. Realmente el amor es algo maravilloso: es más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Perlas y rubíes no pueden pagarlo porque no se halla expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor ni ponerlo en una balanza para adquirirlo a peso de oro.

-Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-. Tocarán sus instrumentos de cuerda y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas que darle.

Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba.

-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él, con la cola levantada.

-Si, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.

-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue.

-Llora por una rosa roja.

-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!

Y la lagartija, que era algo cínica, se echo a reír con todas sus ganas.

Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando sobre el misterio del amor.

De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo.

Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín.

En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal, y al verle, voló hacia él y se posó sobre una ramita.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza.

-Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve de la montaña. Ve en busca del hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá el te dé lo que quieres.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza.

-Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol, más amarillas que el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante, y quizá el te dé lo que quieres.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.

-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el arbusto meneó la cabeza.

-Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más rojas que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año.

-No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio para que yo la consiga?

-Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.

-Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy miedoso.

-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes que hacerla con notas de música al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía.

-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-, y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Suave es el aroma de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

Entonces desplegó sus alas obscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín como una sombra y como una sombra cruzó el bosque.

El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped allí donde el ruiseñor lo dejó y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos.

-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta sea sabia; más fuerte que el poder, por fuerte que éste lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo color de llama; sus labios son dulces como la miel y su hálito es como el incienso.

El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues sólo sabía las cosas que están escritas en los libros.

Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñor que había construido su nido en sus ramas.

-Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas!

Entonces el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente argentina.

Al terminar la canción, el estudiante se levantó, sacando al mismo tiempo su cuaderno de notas y su lápiz.

"El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el ruiseñor posee una belleza innegable, ¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos artistas: puro estilo, exento de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su garganta tiene notas bellísimas. ¿Que lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!"

Y volviendo a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo y se puso a pensar en su adorada.

Al poco rato se quedo dormido.

Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas.

Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas, y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche.

Cantó durante toda la noche, y las espinas penetraron cada vez más en su pecho, y la sangre de su vida fluía de su pecho.

Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción.

Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora.

La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal parecía la sombra de una rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un lago.

Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen.

Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida.

Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco: porque sólo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.

Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento de dolor.

Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba.

Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.

Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos.

Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se le ahogaba en la garganta.

Entonces su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío del alba.

El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos.

El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar.

-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.

Pero el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado de espinas.

A medio día el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.

-¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado.

E inclinándose, la cogió.

Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa.

La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.

-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero.

Pero la joven frunció las cejas.

-Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.

-¡Oh, qué ingrata eres! -dijo el estudiante lleno de cólera.

Y tiró la rosa al arroyo.

Un pesado carro la aplastó.

-¡Ingrato! -dijo la joven-. Te diré que te portas como un grosero; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán.

Y levantándose de su silla, se metió en su casa.

"¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica."

Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.

lunes, 22 de agosto de 2011

Las cosas que pasan



Siempre había creído que su fuerza radicaba en su capacidad para desprenderse, de la gente, de las cosas, en su habilidad para no pensar mucho en el pasado.
Con ella, las cosas habían cambiado, y los post-it, los recibos, las fotos, y hasta el suéter horrible, ese que ella le había regalado, podían atestiguarlo.
Así que su presencia aún perduraba, y en el apartamento que habían compartido antes de que ella se largara dejándolo desconcertado con los chocolates que a ella tanto le gustaban en la mano, todavía quedaban su bufanda, unos cuantos CDs y el póster de Steinlen que un amigo les había regalado alguna vez.

Los CDs los vendió en la calle, en uno de esos puestos donde aún vendían vinilos y cassettes y en donde los nostálgicos iban a defender la causa perdida de los formatos obsoletos.
La bufanda, una bufanda carísima de cachemir que él le había regalado la tiró a la basura en un arranque de necedad y furia, y el póster lo conservó porque a ella nunca le había importado un carajo, y a él si le gustaba mucho el gato negro que evocaba a vino barato y a música en francés y a sombras chinescas, un espectáculo que siempre había querido ver.

Durante varios meses durmió tranquilo, y el fantasma de ella le dio respiro, el dolor amainó y muchos días ni se acordaba de ella ni la extrañaba, salvo en esas horas grises en que la ciudad te cala y el ruido te aturde y la indiferencia de los transeúntes te abofetea mientras caminas.
Le había vuelto a tomar gusto a esas tardes solitarias en las que iba a tomar café, o a cine, o al centro de la ciudad a ver exposiciones de lo que fuera, siempre en esa búsqueda infructuosa, y con esas ganas y ese miedo, ambos infundados, de encontrársela, imposible alternativa, ya que se había largado a otra ciudad.
Fue en una de esas tardes, al salir de su trabajo de profesor de colegio, trabajo que había aceptado cuando se había graduado porque era muy perezoso para buscar ofertas, y en todo caso muy orgulloso para andar aceptando negativas de su hoja de vida de profesional mediocre con un perfil menos que competitivo, que se encontró con un antiguo compañero de universidad de ella. El personaje en cuestión había compartido con ella los últimos semestres y con éste había desarrollado una relación cordial a fuerza de tanto verlo, claro que hacía un largo rato que no se veían porque había conseguido un trabajo muy bueno en un juzgado de la costa, y estaba en la ciudad por unos días para tramitar unos papeles en un tribunal debido a un conflicto de jurisdicciones que según le dijo, olían a corrupción y a chanchullo y aparentemente sólo le hacían perder su tiempo.

-Ahora que me acuerdo, tengo que devolverte tu libro - dijo.
- ¿Cuál libro?
- El de Murakami, el que me prestaste hace tiempo.
- Que va, ¿no me lo habías devuelto ya?
- No, si justo lo estuve hojeando anoche, pero ese no es mi tipo de literatura, siempre leo las mismas quince páginas y lo dejo tirado, lo volví a intentar por si el tiempo había cambiado mi gusto, pero sin éxito, ese tipo es un ladrillo.

El no pudo menos que sonreír. Murakami era su autor favorito, y en tiempos de universidad lo había leído ávidamente, todavía podía recitar algunos pasajes de memoria, y tenía casi todas sus novelas, y varias de sus colecciones de cuentos.
Caminaron varias cuadras sobre la avenida de sur a norte, y después emprendieron el ascenso por las empinadas calles del oriente de la ciudad hacia el sitio del abogado, que se estaba quedando en su antiguo apartamento de estudiante, donde aún vivían su hermana menor, y su gata, que no se había querido llevar para la costa, por el calor y por la falta de tiempo y por todas las demás dificultades que implicaba mudar a una gata resabiada y vieja.

Fue Sabrina, así se llamaba la gata, la que los recibió con un maullido mientras entraban. A él siempre le había caído bien Sabrina, y un viejo suceso le vino a la mente, una vez habían ido al apartamento del abogado para estudiar para un examen preparatorio y la gata le había rasgado la media a ella, y se había ensañado a arañarla sin ningún motivo aparente, mientras que ella le tomaba un odio enfermizo a los gatos en general y a Sabrina en particular, y por carambola al apartamento donde se ésta alojaba, así que esa había sido la última ocasión en la que habían pisado ese apartamento juntos, y al que ahora él volvía, y le daba la razón a la gata, creyendo que ella intuía algo que él tendría que aprender a las malas, no debía confiar en ella.

- Ahí tienes tu libro, no sé, en serio, como te lo aguantas.
- ¿Sabes? En el libro uno de los protagonistas puede hablar con los gatos; cuánto me gustaría poder hablar con Sabrina, y hacer como el personaje, que se dedica a buscar gatos para ganarse la vida, en vez de andar pendejeando con esos mocosos que me traen de los pelos.
- Pues no te ves tan infeliz con tu trabajo, de hecho, pensé que te gustaba.
- Con que aprendan a leer me doy por bien servido, pero si pudiera hablar con los gatos, preferiría enseñarles a ellos a leer.
Después de un par de cervezas, él no pudo aguantarse las ganas de preguntarle al abogado que si sabía de ella.
- Lo último que supe es que estaba bien, no hablamos hace rato- dijo éste, como pisando con cuidado. ¿Que pasó con ustedes? se veían tan bien.
- Seguramente se dio cuenta que le iba mejor sin mí, un profesor agrio y mal hablado no es buen partido para nadie.

Esa noche soñó con ella, estaban en un corredor largo y angosto, y el presentía que del otro lado estaba su salón de clase y que ya debía volver, pero quería estar con ella, y se tomaban de las manos mientras el corredor se desvanecía y de repente estaban en una cabaña donde habían pasado un fin de semana en tiempos de la universidad, y por último ella también desapareció, y sólo quedó la engañosa oscuridad del sueño.
Cuando se despertó, sintió una fatiga tremenda, frío y ganas de orinar, fue al baño sin prender la luz, y todavía somnoliento maldijo la hora en que se había metido en un trabajo donde había que madrugar, ya no podría volver a acostarse, pero todavía faltaba una hora para el amanecer, una hora que habría que matar con paciencia y sin sucumbir a la tentación de volver a meterse en las cobijas y arriesgar a quedarse dormido para su clase de siete.
Abrió el libro que no tenía en su poder hacía más de un año, y de repente la letra de ella en la dedicatoria le pegó entre los ojos, como cuando la puerta es de vidrio y por descuido no lo ves, y tu nariz paga las consecuencias.

J'aime bien les couchers de soleil. Allons voir un coucher de soleil...
(Me encantan las puestas de sol. Vamos a ver una puesta de sol.)

Sus ojos recorrieron una y otra vez la frase, como tratando de descifrarla, como si en algún rincón del mensaje yaciera la respuesta al acertijo de su vida, como si al asimilarla pudiera también superar el sentido de vacío que ahora lo atenazaba.
Dejó el libro sobre la mesa del comedor y se dio una ducha rápida, se vistió y salió a la carrera, aunque el tiempo todavía le sobraba, pero el libro le había causado una urgencia por salir a tomar aire fresco y alejarse de él.
Todo el día estuvo distraído y ausente. ¿Qué significaba que este libro hubiera vuelto a sus manos ahora que ella no estaba?
En un día de agosto sin razón especial ella había aparecido con el libro, la edición costosa, envuelta en papel kraft, sin decir mucho, salvo que lo había visto anunciado en una vitrina del centro y lo había comprado sin más.
Fueron ésos buenos días, pensó. Habían partido ese fin de semana con unos amigos para una finca en tierra caliente, en donde los mosquitos los habían masacrado, habían comido más atún del que el soportaba en todo el año y el calor había sido abrasador, pero la cerveza tenía un sabor glorioso, y el pensaba que podría pasar el resto de su vida con ella, y así se lo había dicho en aquella ocasión, a pesar de lo ridículo que se sintió durante y después de hacerlo, y ahora le parecía como una mala pasada de la vida, como una lección por su insensatez.

Cuando volvió a su casa,se sintió viejo y cansado, ¿cómo era posible que eso hubiera pasado apenas hacía un poco más de un año, y ahora las cosas hubieran cambiado tanto?
El libro yacía donde lo había dejado por la mañana, aguardándolo, esperando a ser abierto de nuevo como una caja de pandora, que explotaría en un remolino que le destrozaría el apartamento y el resto de tranquilidad que le quedaba.
Sintió miedo, pero la curiosidad pudo más, y se acercó tímidamente al libro, como tanteando el terreno en un campo minado.
Al abrirlo de nuevo pensó intensamente en ella.
- Yo que pensaba que estaba en una novela, y ella se sabía en un cuento corto.

Desde ese día, la intranquilidad y el malestar volvieron a visitarlo. Veía su fantasma en la calle, en las siluetas que se acercaban, su abrigo oscuro, a veces su pelo, otras podía jurar que olía su perfume o hasta el jabón que ella se echaba, y siempre, siempre se sentía asechado por su endemoniado recuerdo.
El libro resultó ser medicina y enfermedad al mismo tiempo. Cuando lo leía las primeras páginas le costaban trabajo casi que le pesaban, pero como si de un calentamiento se tratara los capítulos iban sucediéndose cada vez con más facilidad, y le daban un solaz a su nublada cabeza, pues la búsqueda de los personajes era, al menos así lo creía, una con la suya propia.
No obstante, conforme avanzaba, el valor terapéutico del libro iba desapareciendo, pues los misterios de los personajes se iban desenmarañando, mientras que sus propios interrogantes lo paralizaban.

Él no sabía la razón por la cual un día ella se había marchado a toda velocidad. No sabía si debía buscarla, o si quería hacerlo, no sabía si debía dejar todo allí o convencerla a toda costa de que volviera con él, sólo para resarcir su ego dejándola él a ella, o simplemente volver con ella como si no hubiera pasado nada.
Todas estas posibilidades estaban supeditadas a lo que ella quisiera al final.
Y siempre llegaba a la misma conclusión, siquiera temporal. Si se había largado, era porque no quería estar con él.

-Debo dejar todo al borde del camino. Al final no debo llevar equipaje. Mucho menos una maleta tan pesada, una carga tan onerosa.- Se repetía una y otra vez como un mantra.
- Debo enterrar su imagen y su recuerdo, sino estaré perdido sin esperanza en el laberinto de su ausencia.- sentenció.

Al terminar el libro, decidió deshacerse de él. Nunca había sido supersticioso, pero tirar un libro a la basura le parecía un pecado mayor del que podía permitirse. Regalárselo a alguien tampoco era una opción, pues uno no debe regalar algo que uno mismo no quiera, y mucho menos un pedazo maltrecho de sí mismo.
Así que decidió dejarlo tirado en un café, casualmente, como quien no quiere la cosa.
El lugar indicado fue el café al frente de la biblioteca. Tenía que ir a sacar unos libros para acordarse de Schumpeter y la destrucción creativa para explicársela a sus pupilos, y siempre que iba acostumbraba a sentarse ya fuera en las escaleras por las cuales se bajaba hacia el café o en las sillas del mismo.
El café quedaba al fondo de una plazoleta, donde se erigía una escultura de hierro que siempre le había disgustado, y constaba de varias mesas en el exterior, al borde de la plazoleta, y la zona interior, delimitada por vidrio.
El sitio estaba medio vacío salvo por unos extranjeros en la parte de adentro, así que compró un espresso, una botella de agua y se sentó en una de las mesas del rincón a hojear el libro que había sacado de la biblioteca.
Estaba por terminar su café cuando una joven se sentó en la mesa contigua, como distraída, y sin darle siquiera una mirada, sacó un cuaderno de la maleta y un libro de texto, de esos de cálculo que pululan en los primeros semestres de todas las universidades, y se enfrascó en su cuaderno de ejercicios.
El la miró, un poco indignado de que ella no se hubiera detenido a ver a su alrededor antes de sentarse, como si él fuera otro accesorio más del paisaje de piedra y cemento que no merecía ni una pizca de atención.
Lo que más lo irritó fue que se sentó en la silla opuesta de la mesa inmediatamente al lado, quedando de frente lo cual no quería decir que pudieran cruzar miradas, porque a duras penas si levantaba la mirada, y cuando lo hacía miraba a través de él, como si fuera trasparente.
Él decidió entonces echarle una última hojeada al libro, darle una pasada antes de desprenderse de él.
Pausadamente lo dejó sobre la mesa con la servilleta, el vaso y la botella de agua encima, para que no se notara hasta que hubieran recogido después de que se hubiera ido.
-Espero que el que herede el libro no sea tan indolente como ésa.- pensó mientras miraba fijamente a la muchacha que seguía ensimismada.

Cuando ya iba por la esquina lo tocaron por la espalda.

- Dejó su libro.
- Lo dejé porque quería.
- Sólo un idiota deja un libro tirado deliberadamente, eso o un analfabeta.
- Pues es muy probable que sea un idiota, ahora váyase.
- Me voy pero recíbame el libro.
- Quédeselo, ya no lo quiero.
- ¿Qué tiene de malo?
- Nada, sólo que ya me lo acabé, y no tiene más valor para mí.
- Bueno, si me lo quedo, usted esperará un pago, y no tengo dinero.
- No, no, sólo quédeselo, y véalo como un regalo o una adquisición fortuita.
- No hay adquisiciones fortuitas, todo pasa por algo. Acompáñeme a mi casa, pues creo que tengo algo con lo que puedo pagarle.
El la miró con suspicacia.

- No es nada de lo que está pensando. Vamos, es aquí cerca.

Avanzaron un par de cuadras hacia el sur del café, y después subieron por una calleja empinada, a mitad de cuadra, un caserón destartalado, del cual habían hecho un inquilinato lleno de recovecos minúsculos, que a duras penas podían ser llamadas habitaciones.
La joven lo hizo entrar hasta un patio interior al lado del cual había un arbolito, y una piecita hechiza, en donde había una camita, un pequeño armario, una mesita, un asiento y un tocador que desentonaba, pues no concordaba ni con la cama ni con el resto del escaso mobiliario.
Él supuso que ella lo había traído de la casa de sus padres, pues se notaba que era una estudiante provinciana con poco presupuesto, y el tocador correspondía en definitiva, a otra época y lugar.
En la piecita había un gatico blanco, con un lunar de pelo café en el pecho, y mitones del mismo café.
Ella lo alzó y se lo pasó, mientras el veía asombrado, e incapaz de procesar los eventos que se sucedían rápidamente.
- Pero yo no quiero un gato. dijo él.
- Es su pago, le aseguro, se llevarán bien.

Después de una inútil discusión - la chica era perseverante - él terminó por llevarse el gato a su casa.
Ella no le había dicho el nombre, pero por lo que había podido deducir, era macho, así que dijo:
- Te llamaré Natsume.
Lo que sucedió después lo dejó perplejo, el gato estaba husmeando por el apartamento, pero se volvió atentamente hacia su nuevo amo y musitó:
- Hay muchos libros en esta casa, seguro me enseñarás a leer ¿no? Por cierto, está muy bueno el afiche.

Al día siguiente, él renunció a su trabajo.

Fin














miércoles, 3 de agosto de 2011

Sur coiffeurs, tailleurs et ébénistes

A mi papá no le falta el sentido del humor, y si bien no es del tipo cuenta chistes, de vez en cuando sale con algún apunte corrosivo que me hace reir.
Como en cualquier familia tenemos unos personajes a los que recurrimos para las diferentes tareas que se escapan a nuestra conocimiento o pericia, ya sean fontaneros, albañiles, electricistas, y demás.
Pues bueno, entre la lista de handymen, hay tres que resaltan, porque mi papá tiene una fidelidad hacia ellos a pesar de que sus habilidades en varias ocasiones han dejado mucho que desear, además claro está de como los designa mi papà.

Cualquier día el viejo dice, me voy a hacer ver de mi coiffeur, o este pantalón necesita dobladillo, voy a llevarlo donde mi tailleur, o hay que llamar al ebanista de cabecera para que nos repare esa puerta.
Bueno, pues déjenme decirles algo, el tailleur vive en un barrio recóndito, y reconocido por ser un nido de ratas, donde hay que ir de día para menor intranquilidad, el ebanista es un bazuquero incumplido, y el coiffeur es un sociópata que odia a los niños.
De ahí que no deja de ser divertido ver a mi papá con su pizca de sarcasmo, mientras que sufre por tener que ir a visitar a uno con miedo de que le bajen la moto, o tener que estar ojo avizor mientras el otro repara y no se roba nada, o ir a llevar su calvicie y quedarse dormido mientras que el otro sólo hace la pantomima de que corta el pelo, porque les puedo asegurar que mi papá ha ido y ha vuelto tal cual de la visita a su coiffeur.
Obviamente, mi papá no es un tipo ni ostentoso que necesita ir a un salon ni tiene plata pa pagarle a un sastre, ni le interesa demasiado que el carpintero sea ramplón siempre y cuando le cumpla dentro de un plazo de tiempo establecido, es por eso que sigue en las mismas con los mismos, y porque, aparentemente, ellos no son la excepción sino la regla, al menos en mi pueblito.

En fin, iba a hacer un apunte reivindicador sobre la profesiones técnicas, pero me arrepentí, más bien me gustaría que me contaran si hay alguna habilidad técnica que desearían adquirir y el uso que le darían.

jueves, 7 de julio de 2011

La visión de Mirza

No creo en la autoayuda, no creo tampoco mucho en los libros de motivación, creo que las lecturas de corte New Age como las de Coelho no hacen más que reciclar viejos adagios, y sabiduría popular abaratándola y enriqueciéndose a costillas de los incautos.
No obstante, la vez que leí esto - no es de Coelho - me sentí reconfortado, y es una texto al que vuelvo cuando me siento desesperanzado.

Nota: Está en inglés porque es una de esos textos conspicuos en la literatura inglesa, y vale la pena conservar el original, aunque la primera vez lo leí traducido...

The Vision of Mirza
Joseph Addison
Omnem, quæ nunc obducta tuenti
Mortales hebetat visus tibi, et humida circum
Caligat, nubem eripiam.
Virgil, “Æneid,” ii. 604.


WHEN I was at Grand Cairo, I picked up several oriental manuscripts, which I have still by me. Among others I met with one entitled “The Visions of Mirza,” which I have read over with great pleasure. I intend to give it to the public when I have no other entertainment for them, and shall begin with the first vision, which I have translated word for word, as follows:—
1
“On the fifth day of the moon, which according to the custom of my forefathers I always keep holy, after having washed myself and offered up my morning devotions, I ascended the high hills of Baghdad, in order to pass the rest of the day in meditation and prayer. As I was here airing myself on the tops of the mountains, I fell into a profound contemplation on the vanity of human life, and passing from one thought to another, ‘Surely,’ said I, ‘man is but a shadow, and life a dream.’ Whilst I was thus musing, I cast my eyes towards the summit of a rock that was not far from me, where I discovered one in the habit of a shepherd, with a little musical instrument in his hand. As I looked upon him he applied it to his lips, and began to play upon it. The sound of it was exceeding sweet, and wrought into a variety of tunes that were inexpressibly melodious and altogether different from anything I had ever heard. They put me in mind of those heavenly airs that are played to the departed souls of good men upon their first arrival in Paradise, to wear out the impressions of the last agonies, and qualify them for the pleasures of that happy place. My heart melted away in secret raptures. 2
“I had often been told that the rock before me was the haunt of a genius; and that several had been entertained with music who had passed by it, but never heard that the musician had before made himself visible. When he had raised my thoughts by those transporting airs which he played, to taste the pleasures of his conversation, as I looked upon him like one astonished, he beckoned to me, and by the waving of his hand directed me to approach the place where he sat. I drew near with that reverence which is due to a superior nature; and as my heart was entirely subdued by the captivating strains I had heard, I fell down at his feet and wept. The genius smiled upon me with a look of compassion and affability that familiarized him to my imagination, and at once dispelled all the fears and apprehensions with which I approached him. He lifted me from the ground, and taking me by the hand, ‘Mirza,’ said he, ‘I have heard thee in thy soliloquies; follow me.’ 3
“He then led me to the highest pinnacle of the rock, and placing me on the top of it, ‘Cast thy eyes eastward,’ said he ‘and tell me what thou seest.’ ‘I see,’ said I, ‘a huge valley and a prodigious tide of water rolling through it.’ ‘The valley that thou seest,’ said he, ‘is the Vale of Misery, and the tide of water that thou seest is part of the great tide of eternity.’ What is the reason,’ said I, ‘that the tide I see rises out of a thick mist at one end, and again loses itself in a thick mist at the other?’ ‘What thou seest,’ said he, ‘is that portion of eternity which is called time, measured out by the sun, and reaching from the beginning of the world to its consummation. Examine now,’ said he, ‘this sea that is thus bounded by darkness at both ends, and tell me what thou discoverest in it.’ ‘I see a bridge,’ said I, ‘standing in the midst of the tide.’ ‘The bridge thou seest,’ said he, ‘is human life; consider it attentively.’ Upon a more leisurely survey of it I found that it consisted of more than threescore and ten entire arches, with several broken arches, which, added to those that were entire, made up the number to about a hundred. As I was counting the arches, the genius told me that this bridge consisted at first of a thousand arches; but that a great flood swept away the rest, and left the bridge in the ruinous condition I now beheld it. ‘But tell me further,’ said he, ‘what thou discoverest on it.’ ‘I see multitudes of people passing over it,’ said I, ‘and a black cloud hanging on each end of it.’ As I looked more attentively, I saw several of the passengers dropping through the bridge into the great tide that flowed underneath it; and upon further examination, perceived there were innumerable trap-doors that lay concealed in the bridge, which the passengers no sooner trod upon, but they fell through them into the tide and immediately disappeared. These hidden pitfalls were set very thick at the entrance of the bridge, so that throngs of people no sooner broke through the cloud, but many of them fell into them. They grew thinner towards the middle, but multiplied and lay closer together towards the end of the arches that were entire. 4
“There were indeed some persons, but their number was very small, that continued a kind of hobbling march on the broken arches, but fell through one after another, being quite tired and spent with so long a walk. 5
“I passed some time in the contemplation of this wonderful structure, and the great variety of objects which it presented. My heart was filled with a deep melancholy to see several dropping unexpectedly in the midst of mirth and jollity, and catching at everything that stood by them to save themselves. Some were looking up towards the heavens in a thoughtful posture, and in the midst of a speculation stumbled and fell out of sight. Multitudes were very busy in the pursuit of bubbles that glittered in their eyes and danced before them, but often when they thought themselves within the reach of them their footing failed and down they sunk. In this confusion of objects, I observed some with scimitars in their hands, and others with urinals, who ran to and fro upon the bridge, thrusting several persons on trap-doors which did not seem to lie in their way, and which they might have escaped had they not been thus forced upon them. 6
“The genius, seeing me indulge myself on this melancholy prospect, told me I had dwelt long enough upon it, “Take thine eyes off the bridge,’ said he, ‘and tell me if thou seest anything thou dost not comprehend.’ Upon looking up, ‘What mean,’ said I, ‘those great flights of birds that are perpetually hovering about the bridge, and settling up it from time to time? I see vultures, harpies, ravens, cormorants, and among many other feathered creatures several little winged boys that perch in great numbers upon the middle arches,’ ‘These,’ said the genius, ‘are Envy, Avarice, Superstition, Despair, Love, with the like cares and passions that infest human life.’ 7
“I here fetched a deep sigh. ‘Alas,’ said I, ‘man was made in vain: how is he given away to misery and mortality, tortured in life, and swallowed up in death! The genius being moved with compassion towards me, bid me quit so uncomfortable a prospect. ‘Look no more,’ said he, ‘on man in the first stage of his existence, in his setting out for eternity; but cast thine eye on that thick mist into which the tide bears the several generations of mortals that fall into it.’ I directed my sight as I was ordered, and (whether or no the good genius strengthened it with any supernatural force, or dissipated part of the mist that was before too thick for eye to penetrate) I saw the valley opening at the farther end, and spreading forth into an immense ocean that had a huge rock of adamant running through the midst of it, and dividing it into two equal parts. The clouds still rested on one half of it, insomuch that I could discover nothing in it; but the other appeared to me a vast ocean planted with innumerable islands, that were covered with fruits and flowers, and interwoven with a thousand little shining seas that ran among them. I could see persons dressed in glorious habits with garlands upon their heads, passing among the trees, lying down by the sides of fountains, or resting on beds of flowers; and could hear a confused harmony of singing birds, falling waters, human voices, and musical instruments. Gladness grew in me upon the discovery of so delightful a scene. I wished for the wings of an eagle that I might fly away to those happy seats; but the genius told me there was no passage to them except through the gates of death that I saw opening every moment upon the bridge. ‘The islands,’ said he, ‘that lie so fresh and green before thee, and with which the whole face of the ocean appears spotted as far as thou canst see, are more in number than the sands on the seashore; there are myriads of islands behind those which thou here discoverest, reaching farther than thine eye, or even thine imagination can extend itself. These are the mansions of good men after death, who, according to the degree and kinds of virtue in which they excelled, are distributed amount these several islands, which abound with pleasures of different kinds and degrees suitable to the relishes and perfections of those who are settled in them; every island is a paradise accommodated to its respective inhabitants. Are not these, O Mirza, habitations worth contending for? Does life appear miserable that gives thee opportunities of earning such a reward? Is death to be feared that will convey thee to so happy an existence? Think not man was made in vain who has such an eternity reserved for him.’ I gazed with inexpressible pleasure on these happy islands. At length, said I, ‘Show me now, I beseech thee, the secrets that lie hid under those dark clouds which cover the ocean on the other side of the rock of adamant.’ The genius making me no answer, I turned me about to address myself to him a second time, but I found that he had left me; I then turned again to the vision which I had been so long contemplating; but, instead of the rolling tide, the arched bridge, and the happy islands, I saw nothing but the long valley of Baghdad, with oxen, sheep, and camels grazing upon the sides of it.”

The end of the first vision of Mirza.

martes, 14 de junio de 2011

"La diferencia entre la novela y la filosofía nace de que la novela es una producción de la sensibilidad, sumerge en una mezcla de deseos los códigos de los signos arbitrariamente construidos, y, en el momento en que este sistema se disuelve y se transforma en células, aparece la vida. Entonces se asiste a la gestación y al nacimiento, lo cual es aún más interesante que los juegos del espîritu, pero, al igual que la vida, no responde a ninguna finalidad."
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miércoles, 8 de junio de 2011

(!)

"Si concentras tu atención en tu yo, te das cuenta de que se aleja paulatinamente de la imagen que te es familiar, que se multiplica y reviste rostros que te asombran. Es por ello que me sentiría presa de un terror irreprimible si tuviera que expresae la naturaleza esencial de mi yo. No sé cual de mis múltiples rostros me representa mejor y, cuanto más los observo, más evidentes me parecen sus transformaciones. Finalmente, sólo queda la sorpresa."
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lunes, 6 de junio de 2011

"El hombre no puede deshacerse de esta máscara, es la proyección de su carne y de su alma. Se le pega a la piel, jamás podra liberarse de ella, pero está sumido en un profundo asombro, como si no pudiera creer que es trate de sí mismo."
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jueves, 2 de junio de 2011

The tree of life

A propósito de la entrada de Lola sobre la película "the tree of life", la cual aún no me he visto, pero no sé por qué tengo gran expectativas de hacerlo, viene esta entrada, desarticulada como todas.

De alguna forma me hice a la torpe idea de que la película versa sobre una larga traición, un remordimiento y una culpabilidad que rebasa generaciones.

Hace poco tuve un sueño, donde podía ver como un antepasado mío transgredía algún tabú innombrable, desconocido, y la culpabilidad permanecía en mí, al cabo del tiempo que había pasado como a través mío porque era después pero al mismo tiempo en el mismo eterno instante de la transgresión.

De alguna forma, pensaba que mi sueño tenía que ver con la cinta en cuestión, aunque estoy seguro que no tiene nada que ver.
Ahora que conecto ideas al azar, me viene a la mente la adopción de los niños argentinos por los victimarios de sus padres.
Me pregunto cual era el grado de culpabilidad y remordimiento que se sentîa cada día, viendo en la cara de tu hijo la de sus padres muertos por tu mano...

Espero verme la película pronto.
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lunes, 30 de mayo de 2011

La montaña del alma

He intentado varias veces leer la montaña del alma de Gao Xingjian, y creo q esta es la definitiva.
Una de las citas que me encontré:

"Observo las tejas del tejado portadoras de melancolía. Apretadas cual escamas de pescado, despiertan en mí recuerdos de infancia. Pienso en los días de lluvia, cuando unas gotas de agua brilantes impregnaban las telarañas en un rincón de la casa, temblando en medio del viento. Luego pienso que no sé por qué he venido a este mundo; las tejas tienen una fuerza de atracción que debilita y paraliza. Tengo unas ligeras ganas de llorar, pero ya no sé llorar".
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Primera Semana de Mey Chow Norte (recordatorio)

Estoy muy contento, mi restaurante, bueno, el restaurante de la rana y mío, cumplió el sábado una semana de vida.
Con este proyecto se perfilan nuevos retos y dificultades.
Entre ellas cabe mencionar el manejo de personal, y lo complicado que es la administración de inventarios, el costeo y el manejo de los productos.
Por otro lado, por fin pude configurar mi celular para poder bloggear, que era uno de sus propósitos iniciales.
Ahora que puedo, ya podré postear las cosas sin que me olvide, y postear foticos y cosas.
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Entrada de chequeo
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miércoles, 6 de abril de 2011

El pequeño cuento del borracho del parque

Alguna vez, una banca de parque se enamoró de un borracho, también de parque, pero este borracho, si bien era un borracho de parque, no podía corresponder a la banca, porque a pesar de todo, el borracho tenía una casita donde dormir, eso sin contar, que adoraba los pájaros, entonces no podía quedarse sentado en la banca, y se la pasaba persiguiendo las palomas, y otros pájaros domésticos de esos que suelen habitar los parques.
La banca no comprendía como el borracho prefería pasar su tiempo persiguiendo palomas, en vez de sentarse en ella y juntos ver a la gente pasar.
Hay que mencionar que la banca, banca inmóvil y pasiva al fin y al cabo, detestaba resignadamente a las palomas y su cercanía y que en su indolencia, las malditas la mancillaran con su suciedad.

Pero había buenos días para la banca, donde por razones que sólo el destino alcanza a vislumbrar, la banca gozaba de la compañía de su amado.
Era en esos días, aquellos donde el tiempo es bueno, y la hora precisa hacía que el viento meciera suavemente las ramas de los árboles, en que el borracho se iba con una botella de vino barato y una radio a escuchar sobre la banca como el equipo de fútbol que tanto le gustaba perdía inexorablemente, a su vez que el vino se escanciaba, y el borracho gritaba desesperado que cómo era posible apoyar un equipo, a sabiendas que era tan malo.
Nuestra banca tuvo la fortuna un día de que el borracho empezó a beber como si no hubiera un mañana, y cayó profundamente dormido cuán ancho era, sobre ella, dándole así la dicha de contar con su compañía y su cobijo por más tiempo del que estaba acostumbrada, y avivando su amor más de lo que era conveniente.
No sabía, atornillada como estaba, que esto le costaría la ausencia de su borracho que, acosado por la culpabilidad de quedarse dormido a merced de vagos y ladrones, había dicho que no volvería a beber, y, mucho menos, quedarse dormido en una incómoda banca.

Pasó el tiempo, y la banca se cansó de esperar al borracho, y a éste se le olvidaron sus malos hábitos, y evitaba pasar por aquel parque que sólo traía recuerdos vergonzosos.
Estando así las cosas, quiso la casualidad que el borracho, ahora ya un hombre regenerado y con un trabajo estable, tuviera una reunión cerca a aquel parque, y en la prisa, se olvidara lustrar los zapatos.

-Los lustraré en el parque.- pensó.

El parque estaba atestado de gente a esas horas de la mañana, y el único sitio que encontró para sentarse fue en la banca contigua a su antigua compañera de jaranas y excesos, donde ahora, se sentaba un respetable señor que leía el periódico.

La banca intentó moverse, pero, como ya lo hemos dicho, atornillada como estaba no podía decir una sola palabra.
Además, el señor lector que sobre ella estaba la trataba bien, y habían desarrollado una muy bonita relación, porque este lector era constante y de costumbres fijas.

Acabando ya de lustrarse los zapatos, nuestro personaje se paró, y esbozó una sonrisa pensando en aquellos viejos buenos tiempos, donde su distracción eran las palomas, y escuchar la radio sobre una banca de parque, y sin más, se fue a su reunión.
Después de esta reunión al señor lo trasladaron de ciudad, y no volvió por el parque.
Y la banca hay que decirlo, sigue ahí tarareando canciones de radio, y pensando que le gustaría rascarse una pata, lástima que esté atornillada.

miércoles, 23 de febrero de 2011

De mi trauma con las palomas

Le tengo fobia a las palomas, detesto su aleteo, detesto el terrible currucucú que sale de sus entrañas, detesto que se agrupen en ávida multitud a forcejear por migajas.
He visto palomas con muñones en vez de patas, desplumadas y tuertas, he visto muchímas palomas gordas que a duras penas se pueden mover de su sitio.
He visto como, en ritual de cortejo, se hinchan como un globo y persiguen a otra paloma en un grotesco espectáculo, mientras el consabido y gutural sonido se escapa de sus picos.
Las he visto también muertas, sobre su propio excremento, mientras que otras palomas comen basura a su alrededor.
Las he visto, y debo decir que les temo, no me gusta pasar por entre palomas, me paralizo en la plaza de Bólivar y, en general, en cualquier lado donde proliferen.

Esta fobia, convertida ahora en molestia o incomodidad, ha venido disminuyendo con el tiempo, transformándose en una triste resignación a una plaga pulgosa y voraz que porta enfermedades y que come cualquier tipo de basura.
Sí, estoy resignado a convivir con ellas y deambular por el espacio público que, desafortunadamente, ellas ocupan.
El origen de este fenómeno que relato, proviene de un corto que vi cuando aún existía Locomotion, donde retrataban a un policía famélico que se aprovecha de una anciana para robarle comida disfrazándose de paloma.
Con el tiempo, mi mala memoria y nuevas experiencias transformaron el recuerdo que tenía del corto, para hacerlo un poco más lúgubre.
No obstante, no deja de ser impactante, y al volverlo a ver, siento un fuerte malestar hacia las palomas, y sus ojos rojos, que era el detalle que más recordaba de la cinta en cuestión.

Curiosamente, cuando lo vi por primera vez, yo estaba desvelado y solo, y presa de aquella hipersensibilidad que aparece en medio de la noche cuando somos susceptibles al ruido más pequeño y por qué no, a ilusionarnos con un proyecto fútil y a enamorarnos con una canción.
Ahora, desvelado, pensé en el corto, y me di a la tarea de buscarlo; no fue tarea tan difícil ya que es un corto aclamado, con un premio BAFTA y una nominación al mejor corto en los premios Oscar.

Addenda 1:

El creador del corto es a su vez el responsable de Las trillizas del Belleville.

Addenda 2

Las palomas poseen la característica que segregan una especie de leche materna para alimentar a sus crías. Repugnante.










martes, 22 de febrero de 2011

cabeza de rawi, las abandonadas y la casada infiel

A la lola le gustaba la poesía, parece que ya no, ahora disfruta más de la prosa...

En fin, hay tres de las que hablábamos frecuentemente porque eran muy buenas; la primera es una historia de amor que proviene de oriente, la segunda propia de un género tragicómico, y la tercera también del orden de lo jocoso.
La ñapa viene con la perrilla, que es un poema a cual más enredado y rebuscado en sus términos...


La cabeza del rawÍ (Rubén Darío)
I
¿Cuentos quieres, niña bella?
Tengo mucho que contar:
de una sirena del mar,
de un ruiseñor y una estrella,
de una cándida doncella
que robó un encantador,
de un gallardo trovador
y de una odalisca mora,
con sus perlas de Bassora
y sus chales de Labor.

II

Cuentos dulces, cuentos bravos,
de damas y caballeros,
de cantores y guerreros,
de señores y de esclavos;
de bosques escandinavos
y alcázares de cristal;
cuentos de dicha inmortal,
divinos cuentos de amores
que reviste de colores
la fantasía oriental.

III

Dime tú ¿de cuáles quieres?
Dicen gentes muy formales
que los cuentos orientales
les gustan a las mujeres;
así, pues, si ésos prefieres
verás colmado tu afán,
pues sé un cuento musulmán
que sobre un amante versa,
y me lo ha contado un persa
que ha venido de Hispahán.

IV

Enfermo del corazón
un gran monarca de Oriente,
congregó inmediatamente
los sabios de su nación;
cada cual dio su opinión,
y sin hallar la verdad
en medio de su ansiedad,
acordaron en consejo
llamar con presura a un viejo
astrólogo de Bagdad.

V

Emprendió viaje el anciano;
llegó, miró las estrellas;
supo conocer en ellas
la cuita del soberano;
y adivinando el arcano
como viejo sabedor,
entre el inmenso estupor
de la cortesana grey,
le dijo al monarca: «!Oh Rey!
Te estás muriendo de amor.»

VI

Luego, el altivo monarca,
con órdenes imperiosas
llama a todas las hermosas
mujeres de la comarca
que su poderío abarca;
y ante el viejo de Bagdad,
escoge su voluntad
de tanta hermosura en medio,
la que deba ser remedio
que cure su enfermedad.

VII

Allí ojos negros y vivos;
bocas de morir al verlas,
con unos hilos de perlas
en rojo coral cautivos;
allí rostros expresivos,
allí como una áurea lluvia
una cabellera rubia;
allí el ardor y la gracia,
y las siervas de Circasia
con las esclavas de Nubia.

VIII

Unas bellas adornadas
con diademas en las frentes,
con riquísimas pendientes
y valiosas arracadas;
otras con telas preciadas
cubriendo su morbidez;
y otras de marmórea tez,
bajas las frentes, y mudas,
completamente desnudas
en toda su esplendidez.

IX

En tan preciosa revista,
ve el Rey una linda persa
de ojos bellos y piel tersa,
que al verle baja la vista;
el alma del Rey conquista
con su semblante la hermosa;
y agitada y ruborosa
tiembla llena de temor
cuando el altivo Señor
le dice: «Serás mi esposa.»

X

Así fue. La joven bella
de tez blanca y negros ojos,
colmó los reales antojos
y el Rey se casó con ella.
¿Feliz dirás, tal estrella,
Emelina? No fue así:
no es feliz la Reina allí
la linda persa agraciada,
porque ella está enamorada
de Balzarad el Rawí.

XI

Balzarad tiene en verdad
una guzla en la garganta,
guzla dúlcida que encanta
cuando canta Balzarad;
viole un día la beldad
y oyó cantar al Rawí;
de sus labios de rubí
brotó un suspiró temblante...
Y Balzarad fué el amante
de la celestial hurí.

XII

Por eso es que triste se halla
siendo del monarca esposa
y el tiempo pasa quejosa
en una interior batalla.
Del Rey la cólera estalla
y así le dice una vez:
«Mujer llena de doblez:
di si amas a otro, falaz.»
Y entonces de ella en la faz
surgió vaga palidez.

XIII

«Sí», le dijo, «es la verdad;
de mi destino es la ley:
yo no puedo amarte ¡Oh Rey!
porque adoro a Balzarad.»
El Rey, en la intensidad,
de su ira, entonces, calló;
mudo, la espalda volvió;
mas se vía en su mirada
del odio la llamarada,
la venganza en que pensó.

XIV
Al otro día la hermosa
de parte de él recibió
una caja que la envió
de filigrana preciosa;
abriola presto curiosa
y lanzó, fuera de sí,
un grito; que estaba allí
entre la caja guardada,
lívida y ensangrentada
la cabeza del Rawí.

XV

En medio de su locura
y en lo horrible de su suerte,
avariciosa de muerte
ponzoñoso filtro apura.
Fue el Rey donde la hermosura:
y estaba allí la beldad
fría y siniestra, en verdad;
medio desnuda y ya muerta,
besando la horrible y yerta
cabeza de Balzarad.

XVI

El Rey se puso a pensar
en lo que la pasión es;
y poco tiempo después
el Rey se volvió a enfermar.

LAS ABANDONADAS (Julio Sesto)
Cómo, me dan pena las abandonadas,
que amaron creyendo ser también amadas.
Y van por la vida llorando un cariño,
recordando a un hombre y arrastrando un niño.
Como hay quién derribe del árbol la hoja,
y al verla en el suelo, ya no la recoja,
y hay quién a pedradas tire el fruto verde,
y lo eche rodando después que lo muerde.
Las abandonadas son frutas caídas,
del árbol frondoso y alto de la vida,
son más que caídas, fruta derribada,
por un beso artero, como una pedrada.
Por las calles ruedan estas tristes frutas
como maceradas mansanas intutas
y en sus pobres cuerpos antaños surgentes
llevan la indeleble marca de sus dientes.
Tienen dos caminos que escoger
el quicio de una puerta honrada
o el harén del vicio,
y en medio de tanto, de tantos rigores
hay quién al hablarles, se atreva de amores.
Aquellos magnates que ampararlas pueden
más las precipitan para qué más rueden
y hay quién se vuelva su postrer verdugo
queriendo exprimirlas, si aún les queda ugo.
Las abandonadas son como el bagazo,
que alambica el beso y exprime el abrazo,
si aún les queda zumo, lo chupa el dolor,
son tristes bagazos, bagazos de amor.
Cuando las encuentro me llenan de angustia,
sus senos marchitos, y sus caras mustias,
y pienso que llevan en sus arrepentimientos
un niño que es hijo del remordimiento.
El remordimiento lo arrastra algún hombre oculto
que al ver a esos niños de blondos cabellos
yo quisiera amarlos y ser padre de ellos.
Las abandonadas me dan estas penas
porque casi todas son mujeres buenas
son manzanas secas, son frutas caídas,
del árbol frondoso y alto de la vida.
De sus hondas cuitas ni el Señor se apiada,
porque de esas cosas Dios no sabe nada,
y así van las pobres, llorando un cariño,
recordando a un hombre, y arrastrando un niño.


La casada infiel (Federico García Lorca)

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

*

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

*

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

La perrilla (Jose Manuel Marroquín)

Es flaca sobremanera
toda humana previsión,
pues en más de una ocasión
sale lo que no se espera.

Salió al campo una mañana
un experto cazador,
el más hábil y el mejor
alumno que tuvo Diana.

Seguíale gran cuadrilla
de ejercitados monteros,
de ojeadores, ballesteros
y de mozos de traílla.

Van todos apercibidos
con las armas necesarias,
y llevan de castas varias
perros diestros y atrevidos,

caballos de noble raza,
cornetas de monte, en fin,
cuanto exige Moratin
en su poema La Caza.

Levantan pronto una pieza,
un jabalí corpulento,
que huye veloz, rabo al viento,
y rompiendo la maleza.

Todos siguen con gran bulla
tras la cerdosa alimaña;
pero ella se da tal maña
que a todos los aturulla;

y aunque gastan todo el día
en paradas, idas, vueltas,
y carreras y revueltas,
es vana tanta porfía.

Ahora que los lectores
han visto de qué manera
pudo burlarse la fiera
de los tales cazadores,

oigan lo que aconteció,
y aunque es suceso que admira,
no piensen, no, que es mentira,
que lo cuenta quien lo vio,

Al pie de uno de los cerros
que batieron aquel día,
una viejilla vivía,
que oyó ladrar a los perros;

y con gana de saber
en qué paraba la fiesta,
iba subiendo la cuesta
a eso del anochecer.

Con ella iba una perrilla,
mas, sin pasar adelante,
es preciso que un instante
gastemos en describilla:

perra de canes decana
y entre perras protoperra,
era tenida en su tierra
por perra antediluviana;

flaco era el animalejo,
el más flaco de los canes,
era el rastro, eran los manes
de un cuasi-semi-ex-gozquejo;

sarnosa era, digo mal,
no era una perra sarnosa,
era una sarna perrosa,
y en figura de animal;

era, otrosí, derrengada;
la derribaba un resuello;
puede decirse que aquello
no era perra ni era nada.

A ver pues la batahola
la vieja al cerro subía,
de la perra en compañía,
que era lo mismo que ir sola.

Por donde iba, hizo la suerte
que se hubiese el jabalí
escondido, por si así
se libraba de la muerte.

Empero, sintiendo luégo
que por ahí andaba gente,
tuvo por cosa prudente
tomar las de Villadiego.

La vieja entonces, al ver
que escapaba por la loma,
¡sus! dijo por pura broma,
y la perra echó a correr.

Y aquella perra extenuada,
sombra de perra que fue,
de la cual se dijo que
no era perra ni era nada,

aquella perrilla, sí,
cosa es de volverse loco,
no pudo coger tampoco
al maldito jabalí.


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