Después de pasar tres días guardando cama, con la boca reseca y la ropa empapada en sudor por la fiebre, el malestar había empezado a disminuir, la infección en la garganta había cedido, y por fin Víctor tuvo fuerzas para pedir un caldo al asadero de pollos más cercano.
Odiaba los asaderos de pollo, y no entendía como la gente podía ir a engrasarse las manos a un sitio que destilaba incomodidad y aburrimiento y cuyos empleados encarnaban una proverbial apatía y mala cara.
No obstante, no le quedaban arrestos para prepararlo él mismo, y en su soledad no había nadie a quien acudir tampoco, de tal forma que el caldo llegó en un icopor media hora después, dentro de una bolsa de papel, acompañado de dos arepas frías e insípidas y le supo, como muchas otras cosas, a alivio y resignación.
El cuarto estaba lleno de botellas vacías de gatorade, sobres de bebidas en polvo para los resfriados, y encima de la mesa de noche estaban los antibióticos que tendría que tomar por otros cuatro días.
Se preguntó que opinaría Matías cuando lo viera, demacrado, como escapado de las mismas garras de las Parcas.
Realmente, no era para tanto, las amígdalas se le inflamaban ocasionalmente, y las bufandas, tapabocas y demás recursos eran inútiles cuando le había llegado la hora de enfermarse. Sólo era cuestión de aceptar cabizbajo una batalla que habría de ganar, pero que no quería pelear.
Pensó que un buen baño le vendría bien, así que reunió sus fuerzas para salir de la cama y trastabillar débilmente hasta la ducha.
El agua le golpeaba la espalda, y no pudo menos que imaginarse azotado por un monzón en un paraje selvático, donde el aguacero no te deja ni siquiera escuchar tus propios pensamientos.
Cuando se viera con Matías le preguntaría cómo era que los vegetarianos no se enfermaban por falta de nutrientes y proteínas que brindaba la carne, además de darle color a la piel y, según él pensaba, parte de las fuerzas para seguir viviendo.
Sabía que Matías se reiría y haría una larga defensa de sus hábitos y costumbres, porque además de estar obligado por sus creencias religiosas, se veía siempre compelido a justificar sus acciones racionalmente; seguramente hablaría de lo anti-ecológico que era el hecho de comer carne, sin contar con las implicaciones económicas y morales de darle cereal a un animal cuando se podía invertir ese mismo cereal en asegurar el sustento de otros seres humanos.
A Víctor poco le importaban todas esas justificaciones, y comía carne frecuentemente. De hecho, pensaba hacerlo apenas su adolorida garganta pudiera soportarlo.
Matías no había probado la carne en toda su vida, pues su madre y su padre lo habían criado bajo la estricta observancia de los principios hinduistas.
Los padres de Matías se habían conocido y habían empezado a salir mientras asitían a la facultad de ciencias de la salud de una prestigiosa universidad privada; el padre estudiaba medicina, y la madre, nutrición y dietética.
Después de la graduación habían emprendido un viaje a la India, donde ambos se habían visto fascinados por la cultura. El padre había decidido seguir sus estudios en medicina alternativa, y había logrado establecer una clínica donde efectuaban tratamientos homeopáticos, acupuntura y medicina ayurvédica.
Por otra parte, la madre tenía un consultorio en la misma clínica, y se dedicaba a prescribir dietas vegetarianas, generalmente a señoras New Age reciente y temporalmente seducidas por el yoga y el estilo de vida sano.
La clínica era un buen negocio, y los padres de Matías creían en la austeridad, así que el padre podía irse cada año tres meses a parajes remotos del país a administrar medicinas y trabajar para las comunidades que lo necesitaran. En varias de estas ocasiones se llevaba a su esposa y su hijo, por lo cual Matías había alcanzado a estudiar en varias escuelas de veredas y corregimientos, ya fuera en la selva o en la costa, o en alguno de los muchos páramos donde abundan los frailejones y el frío.
El día que Víctor renunció a su trabajo como asesor comercial en un banco, fue a despejar un poco su cabeza al parque. No debía haberle pegado al gerente, pero en el furor del momento, su mano había reaccionado más rápido que su cabeza y se había estrellado contra el mentón del gerente mandándolo contra uno de los cubículos, mientras una secretaria gritaba aterrorizada y el caos se desencadenaba.
No hubo palabras, sólo cogió su escarapela y la tiró al piso mientras el guardia lo sacaba a empellones.
Mientras buscaba una banca, alcanzó a divisar a un Hare Krishna.
- Que no se me acerque ese hijueputa, porque de seguro que también le rompo la cara. - masculló.
Afortunadamente, el Krishna estaba en ese momento vendiéndole una caja de varitas de incienso a una señora que por ahí pasaba, y no cayó en cuenta del individuo perturbado con cara irascible que acababa de cuestionar la integridad de su madre.
La banca que Víctor encontró quedaba contigua a unos escalones donde unos muchachos practicaban sobre sus patinetas saltos y acrobacias.
Víctor observó despreocupadamente, a la espera de que alguno de esos insensatos se abriera la cabeza.
Después de un rato, al ver que no ocurría, se paró y fue a darle una vuelta al parque antes de encaminarse hacia su casa.
En una de las esquinas del parque, habían erigido seis mesas con tableros de ajedrez pintados, a las cuales asistían a jugar viejos jubilados, desempleados y vagos a pasar el tiempo, apostar y discutir de política y de como estaba de jodido el mundo.
Justo antes de irse, Víctor pasó por ahí y observó un par de partidas, pensando que mientras estaba entre trabajos, no estaría mal desempolvar su apertura siciliana en aquel patético escenario, y así sumirse un poco más en la autodestrucción que había empezado aquella mañana que no se había presentado a la entrevista en el Ministerio, y que ahora ahondaba con el sopetón que le había propinado al "doctor" Benítez.
Cuando llegó a casa, se aflojó la corbatucha detestable esa que les daban a los empleados del banco, destapó una cerveza y prendió un cigarro.
Considerándolo a vuelo de pájaro, la liquidación y lo que tenía en su cuenta le alcanzaba, si administraba los recursos juiciosamente, para tres o cuatro meses de desempleo, sin contar la plata que le debía Pérez, el del trabajo, que en caso de recuperarla le daba el respiro de otro mes.
Al día siguiente, después de un buen desayuno, leer el periódico un rato, y envenenarse contra los programas mañaneros de variedades de la televisión nacional, Víctor emprendió el camino hacia el parque.
El recorrido lo llevaba por una alameda al lado de un caño que encauzaba un riachuelo citadino.
Este camino era el mismo que lo conducía hacia el banco, pero debía cruzar siempre al llegar al colegio cercado por un alto muro de ladrillo a la vista.
Contiguo a éste siempre había una señora que vendía mangos para los colegiales que salían a mediodía hacia sus casas y, temprano en la mañana, exprimía naranjas para hacer jugos para aquellas personas que se dirigían a su trabajo por esa ruta.
Al llegar al parque empezó a ver partidas mientras identificaba a los jugadores más fuertes, seguramente contra los cuales se batiría, porque el nivel no ascendía mucho.
Empezó a jugar y completó una racha de cuatro victorias, y cual no sería su sorpresa cuando su siguiente contendor resultó ser el Krishna, y mayor aún su desconcierto cuando éste le ganó tres partidas seguidas...
- Seguramente si apostamos algo de plata se vuelve más interesante la cosa.- dijo Víctor para no mostrar que estaba apabullado.
- Yo no apuesto.- Contestó Matías serenamente.
Con el tiempo Víctor se enteraría de que los Krishnas no apostaban, ni comían carne, ni consumían ningún tipo de sustancia estimulante.
Al comienzo, Vìctor recelaba de la paz que proyectaba Matías, asumiendo que debajo de esa aparente calma había un torbellino de inquietudes y deseos reprimidos. Víctor creía que una persona que no se entregaba a la carne y sus deseos bien podría ser un muerto en vida, o un alma en pena que deambula por el limbo.
Matías en cambio, creía todo lo contrario.
-Someterse al ímpetu de lo inmediato solamente nos encadena por más tiempo a nuestras limitaciones terrenas.- solía decir.
Las conversaciones se volvieron frecuentes, y muchas veces después de las partidas de ajedrez, se prolongaban las caminatas y los diálogos hasta que caía el sol.
Víctor era muy terco y soberbio, así que nunca le pedía consejo a Matías de nada. A pesar de esto tomaba atenta nota de todo lo que decía éste, descubriendo una sabiduría que rebasaba sus años y las creencias que le habían inculcado.
Por otra parte, Matías nunca aceptaba ninguna invitación, no jugaba billar, no tomaba ni café ni cerveza, y tampoco podían ir a comer, porque Víctor primero muerto que vegetariano.
Así que sus entrevistas tenían escenario fijo, pero sus discusiones los llevaban a muchos lugares y tiempos, generalmente conducidos por Matías, pues Víctor era agudo de pensamiento, pero carente de cimientos, pues sólo había leído lo que le habían asignado, y quizás menos.
Cuando Víctor volvió al parque después de ausentarse por la amigdalitis, la tarde estaba gris, y amenazaba con llover.
Igualmente salió de su casa con una leve esperanza de que aclarara. Esperanza que fue brutalmente aplastada cuando se desgajó el chubasco.
Fue frustrante ver que después de una semana soleada que había tenido que ver por la ventana de su apartamento, se rompiera el cielo con tal intensidad apenas había sacado la cabeza de su madriguera.
Víctor volvió a su casa, y decidió quedarse viendo series viejas en la televisión.
Por la noche no pudo dormir bien, un ruido de la calle lo despertó, así que se paró a la cocina, y se sirvió un vaso con agua.
Mientras esperaba que el sueño le diera cobijo de nuevo, prendió el televisor en un canal donde a esa hora repetían un especial de los Beatles, que le había aburrido sobremanera la primera vez que lo había visto.
En ese momento sonaba Michelle:
Michelle
Ma belle
This are words
that go togheter well
My Michelle
Y pensó en ella. En un repentino ataque de nostalgia pensó en ella y en sí mismo, y como sus caminos se habían separado.
Al día siguiente trató de reconstruir la historia, y quiso contársela a Matías. Los recuerdos eran vagos, la había conocido en el tiempo en que él aún era una promesa y no una deuda que no se podría pagar...
Durante la primera confrontación, Víctor inició su relato.
La historia de Víctor
La primera vez que quedamos para salir, hacía mucho frío, tanto que me puse una chaqueta gigante que me habían regalado, incluso una bufanda.
Yo estaba muy nervioso, realmente no habíamos cruzado más palabras que aquellas cuando me atreví a preguntarle como se llamaba, por insistencia de un amigo, con el que yo iba siempre para arriba y para abajo, y que siempre me pillaba distraído cuando nos habíamos cruzado en la calle con ella me dijo que si la miraba tanto debería hablarle.
Empecé por dejar de sólo cruzar miradas, y saludar. Y una vez nos encontramos en la biblioteca, yo estaba haciendo un trabajo y ella leía.
Le pregunté qué leía, su nombre y que hacía, a lo que me contestó que iba a empezar a estudiar ingeniería de sonido, que le encantaba la música, y durante varios años había tocado el piano.
Yo pensaba seriamente en decir algo inteligente sobre la música o el piano o algo para no parecer tan ignorante, pero las palabras, como es usual, no me salieron.
A pesar de esto, y de dar una pésima impresión, me dio su teléfono.
Así que el día convenido, aquel día frío la esperé en el lobby del edificio donde vivía, un edificio grande y viejo, cuya portería crucé después de estar tiritando afuera por un rato. Había tomado un bus, pues el taxi me descompletaba el presupuesto estudiantil para invitarla a salir.
Ella tenía un jersey rosado con cierre, demasiado delgado para el frío que hacía.
Nos fuimos caminando, pues queríamos ir a algún sitio cercano.
Entramos a un café con tintes bohemios romanticones, que tenía una pequeña chimenea que crepitaba alegremente, y nos sentamos en la mesa contigua a ésta.
Después de ver la carta, pedimos un par de cervezas, mientras el mesero nos miraba con desdén. Cuando las trajo nos pidió que nos corriéramos de mesa, pues ocupábamos la mejor mesa y aparentemente nuestra orden no satisfacía los requerimientos para sentarnos en ella.
Sorprendidos, nos miramos, y nos corrimos dócilmente, en lugar de haberle despicado la botella en la cara a ese imbécil, como debimos haberlo hecho.
Creo que después fuimos a otro sitio, no me acuerdo, pero eso fue lo más memorable de nuestra primera salida.
En ese momento Matías le declaraba el Jaque Mate, y Víctor lo acusaba de aprovechado y de haberlo agarrado distraído.
Las partidas y la historia de Víctor continuaron.
Las siguientes veces que salimos me enteré que le encantaba escuchar los Beatles, y que cuando practicaba juiciosamente el piano había logrado una buena ejecución de la marcha turca de Mozart.
Por esos días había otra chica, una compañera de universidad con la que me hacía frecuentemente, era orgullosa, y cuando salíamos jamás se dejaba invitar a nada, era independiente y de carácter fuerte. Acababa de salir de una relación con un tipo con el que había durado casi tres años y el prospecto de meterse con alguien le incomodaba en grado sumo. Nos tratábamos como dos viejos amigos, que no se tutean, sino que usan el usted a fuerza de costumbre. Este trato informal era refrescante, y saber que no podía haber nada entre los dos me atraía, y dejar que eso avanzara fue una gran estupidez.
Palabras más, palabras menos, mientras la situación se desenvolvía pausadamente con la pianista, mi compañera empezó a mostrar un interés inusitado en mí, lo cual me confundió y me nubló la mente. Empecé a faltar a mis compromisos con una, pero tampoco hacía ninguna jugada con la otra. Hasta que una vez, me atreví a contarle a mi compañera como me sentía y me paró en seco, diciéndome que no me equivocara, que ahí no había posibilidades de nada.
Al día siguiente me sentí avergonzado y decidí no volver a llamar, a ninguna de las dos.
En últimas, me quedé sin el pan y sin el queso, Matías. Todo porque la vida me presentó con dos oportunidades excluyentes ¿se da cuenta? esta vida injusta que te hace elegir bajo un velo de total incertidumbre.
En últimas, creo que las decisiones habrían sido otras si hubiera habido otra oportunidad, pero no hay tal, porque las segundas oportunidades son más raras que los dientes de una gallina.
Caía la tarde, y Matías escuchaba atentamente a lo que decía su contrincante, eso sí, con el ojo puesto en la partida, esperando la oportunidad para desolar el territorio enemigo, limpiarlo de peones, alfiles y caballos, esperando la oportunidad para hacerse con la victoria.