Augie's Journal

jueves, 15 de septiembre de 2016

Declaración de amor

Hablando de cosas que no vienen al caso, ayer vino Robi, que yo le decía Beto, pero que dice que prefiere Robi, bueno, en fin, que vino Robi a mi casa a decirme que en estos días Fercha se peleó con el Negro, y que yo debería pegarle una llamadita, como quien no quiere la cosa y llevarla a comer esos helados que están abiertos hasta tarde -para poder ir por la noche, si pilla?
O sea que sea un plan no tan serio como  pa que el negro se caliente si se entera, pero lo suficiente como pa que me deje tantear como es que es la jugada con la Fercha.
Yo sé que al Robi se le van las babas por la Fercha, pero como le tiene culillo al Negro, el man prefiere observar desde la barrera, a ver cómo sale la vuelta, quizá esperando yo acabe levantado por el negro, o que la Fercha me mande a la mierda. Yo sé que Robi le va a contar a A ese pedazo de bobo marica que es Julián, el primo del Negro, y obvio éste le va a ir con el chisme, pero yo sé que el Negro es todo bien y seguro no se va a emputar si voy por un helado con Fercha, más cuando yo los presenté, y además que le he hecho el cuarto más de una vez al negro pa que se vuele con la hermana de Robi que, no nos digamos mentiras, aunque sea tan peladita no es ninguna santa. Obvio el Robi es inocente y jura que la hermanita todavía hace milagros, pero yo no voy a llegar y destrozarle la imagen porque a mí esa vuelta no me importa un carajo, ya?
Bueno, pa no alargarle la historia porque ya lo veo que me está volteando los ojos, nos fuimos con el Robi que dizque me iba a acompañar a comprar una camisa en un chuzo que supuestamente el man trae las americanas originales porque como que tiene un tío que trabaja en la aduana y no le sé que, entonces no paga impuestos, pero la ropa si es americana, no como esas copias que venden en los semáforos...
Bueno, la cosa es que estábamos caminando por la cuarta cuando voy viendo, ya no me acuerdo si vi, o si fue Robi el que me dijo, el caso es que ahí estaban, en la juguería de la esquina, la de doña Leti, la Fercha con el gusano ese del Julián, y a mí me da un empute, una piedra, mejor dicho, una de esas rabias que todo se pone negro y se le sale el monstruo a uno:
- qué estás haciendo con la novia del Negro, bobo hijueputa!?
El grito seguro los sorprendió, y ahora que lo pienso, yo creo que ese par tenían cuento desde hace rato porque pusieron una cara de esas todas infraganti, como en ese programa Catfish, donde pillan a la gente poniendo los cachos. Igualito.
- Si si, ya voy a terminar, es pa que me entienda, la cosa es que como le venía diciendo, yo estaba re poseído por la ira, si me entiende?
Entonces mientras el marica del Julián se quedaba así con esa cara de güevón que lo caracteriza, yo ya le estaba metiendo la mano pa que aprenda a ser serio, y la Fercha empezaba a gritar, escandalizada.
Ahí empezó la vaina, estábamos ahí agarrados de los golpes y claro, todos los clientes del local haciendo barra mientras nos partíamos la jeta, y así hablan de paz, no? Qué tal los hijueputas...
Pero bueno, en esas que sale el cucho de la juguería, el esposo de doña Leti y trata de separarnos, con tan mala suerte que un puño de Julián le dio en pleno hocico, y por allá fue a dar contra la vitrina de las empanadas, y doña Leti gritaba y todos gritaban, y parecía que a esa cucha le iba a dar un soponcio, mientras que varios oportunistas seguro se fueron sin pagar en medio del alboroto, y yo que le gritaba a Julián: 
No tenés cara, hijueputa, gusano malparido, con la novia de tu primo, no te da pena??
Mientras tanto, el Robi cagado de la risa mirando todo, mientras que la Fercha, pobrecita, solo se tapaba la cara de la pena, y todo el mundo la miraba.
Pero ahí no se acaba, no, ahí es que se pone bueno, con tanta gritería y tanta alharaca, ya se había formado un círculo de mirones en torno a la juguería - gente tan chismosa, por eso es que estamos como estamos- pero nada, usté no me va a creer, pero justo por ahí, pasaban el Negro agarrado de la mano de la hermana de Robi, y, atraídos por el gentío, habían ido a asomarse que qué era la vaina.
Pues obvio, la sonrisita marica se le borró de la cara al Robi, y si yo pensaba que yo estaba emputado era porque no había visto las llamaradas en los ojos de la Fercha cuando vio al Negro agarrado de la mano de otra vieja...
Robi, sin pensarlo dos veces le aventó un asiento al Negro, y acto seguido, se le tiró encima cual lucha libre mexicana, blues demon y el hijo del Santo le quedaron pendejos, mientras que la Fercha se deshacía en alaridos:
Mosquita muerta, culicagada, ya vas a ver lo que te hago por meterte con mi hombre!
Y nada, como ya se imaginará, ahí sí resultó la tercera guerra mundial sayayin nivel 5, mesas y sillas rotas, la nariz de doña Leti que recibió un sillazo, varias fracturas, y por supuesto, el chuzo quedó hecho mierda.
Ahí fue que llegó la Policia y nos montaron a todos a la patrulla y nos trajeron para acá señor agente, todo por esta gente, bien cachona, bien infieles, y acabamos pagando justos por pecadores, y encima quieren hablar de paz los malparidos, yo solo quería comerme un heladito, y pues eso le cuento, ahora, será que ya puedo llamar a mi mamá señor agente?










jueves, 21 de enero de 2016

La ventana


Cada mañana, cuando Julián Márquez llegaba a su oficina - ubicada en un doceavo piso - lo primero que hacía era levantar las persianas y mover las cortinas para permitir que la luz oblicua de las ocho entrara, sacudiendo a los objetos del sopor mañanero.
A decir verdad, no era la luz lo que constituía el motivo más importante para este ritual, pues aún en los días plomizos que era necesario ayudarse de las lámparas que estaban dispuestas en dos de las esquinas del amplio recinto, además de la que tenía sobre su escritorio, el ventanal siempre estaba despejado mientras Julián estuviera ahí. Lo que de verdad importaba, era que la ventana se pudiera ver.
Por un poco más de ocho años, Julián había venido ascendiendo en las filas de una empresa multinacional. Durante los primeros seis, había trabajado en un cubículo estrechísimo,  y durante un año sus jefes le habían asignado una pequeña oficina en el ala izquierda del edificio, pero Julián detestaba esa oficina, porque su antiguo ocupante había tenido un colapso nervioso y un buen día había decidido destrozarla y salir corriendo desnudo ante las miradas atónitas de sus compañeros de trabajo. Como era de esperar, en su momento el incidente dio lugar al cuchicheo y las especulaciones de todos en la oficina, pero Julián fue el encargado de imponer el orden de manera lapidaria:

- Dejen ya la pendejada, y vuelvan a sus puestos, a López ya se le notaba hace rato que se le estaba corriendo la teja.

Curiosamente, esto había desencadenado un conjunto de eventos que habían ubicado a Julián como líder entre sus colegas, cosa que había llegado a oídos de sus jefes, quienes habían finalmente resuelto que  la vacante que López tan inoportunamente había dejado debía ser para Julián.
Como ya se dijo, Julián detestaba la oficina encerrada, al lado de la despensa, y de las fotocopiadoras, porque de alguna forma relacionaba la psicosis de la que había sido presa el pobre López, con el espacio que ocupaba; así que a ojos de Julián esa oficina se sentía contaminada y enferma, y por esto había empezado una carrera feroz para ocuparla el menor tiempo posible.
Como jefe regional de ventas, los resultados logrados por su equipo habían sido magníficos; las cifras crecieron vertiginosamente, y el final del año vio el ascenso de Julián Márquez al doceavo piso - el de los jefes a nivel nacional- y con éste vino la oficina con ventana que por tanto tiempo había anhelado.
La ventana era pues, el producto de su esfuerzo, y símbolo se su prestigio,  era el premio por tantos sacrificios, trasnochos, la caspa y el estreñimiento que no cejaban, y el recordatorio constante de que su matrimonio casi acaba por su adicción al trabajo.
Es por eso que Julián se detenía a inspeccionar el ventanal, se deleitaba en su existencia, y a veces, recorría con sus dedos el borde inferior de ésta mientras la mirada se perdía en la lejanía.

Y es por eso también que, cuando la empresa se vino abajo, y los altos ejecutivos fueron aprehendidos por malversación de fondos, y las secretarias empezaron a destruir papeles en las trituradoras, y el caos reinó, Julián acarició amorosamente la madera de la ventana, la abrió, y saltó a la libertad.















miércoles, 16 de mayo de 2012

De barrenderos y villanos, un guión para Pixar


Ayer, mientras esperaba que pasara el bus a la salida del mercado, una señora barría la carretera. Era una de esas barrenderas de las que van con traje naranja y tapabocas por la ciudad en franca lid contra el polvo y la basura, con una escoba de cerdas extremadamente recias, y un recogedor gigante, ah y un basurero con rueditas donde echan el polvo que recogen mal que bien.

La señora en cuestión me pasó al lado alborotando un tierrero que se metió en los ojos y por poco me hace estornudar, lo cual me causó desasosiego y malestar y me condujo a un recuerdo negativo del pasado.
Cuando tenía aproximadamente siete años, no decía groserías, y no sé por qué, cuando quería ofender a alguien decía barrendero o molestábamos a alguien diciendo que su papá era barrendero, etc.
Hasta que mi mamá me escuchó, y me reprendió de manera severa, no sin antes sermonearme acerca de como el trabajo dignificaba al hombre y que los barrenderos prestaban un servicio social y bueno, una cantidad de reprimendas políticamente correctas del tipo que le das a tu hijo de siete años.

Discurriendo acerca del asunto, apareció la imagen de un padre severo, justo pero severo, que ante el suceso del barrendero no hubiera actuado como mi madre, y en vez del sermón viene una bofetada que parte en dos la vida del mocoso, quien por cierto no tiene resiliencia alguna y queda traumado, y cuya reacción no es mejorar, sino que el odio hacia los barrenderos se vuelve una fuerza intrínseca que motiva su vida, y desde temprana edad lo conduce hacia la eliminación de éstos.
Supongamos, para beneficios de la trama, que el padre muere y le deja una considerable suma de dinero, suma que unida a la rabiosa inteligencia del ahora joven resentido, le permite hacerse con un emporio de artilugios y aparatos tecnológicos que - obviamente - serán usados para remplazar el trabajo manual que cumplen los barrenderos.
Simultáneamente, en uno de los barrios oprimidos, un muchacho, aproximadamente de la misma edad, dedica sus esfuerzos a ayudarle a su madre, y a su hermanita y ¿adivinen qué? es barrendero.
Ahora, las posibilidades para este personaje se abren dentro de un abanico de posibilidades con los que la audiencia se identifica; por el momento se me ocurre un simplón, de una inteligencia limitada, pero con una fuerza extraordinaria, o muy buena suerte o alguna inmunidad que sea crucial en algún punto de la historia para resolver un atasco que no le da movilidad a la misma.
En el evidente conflicto que se genera por las posturas opuestas del protagonista y el antagonista, durante la historia se hace una reflexión acerca del trabajo manual, versus la inhumanizaciòn del mismo por medio de una máquinas que, paradójicamente, no son eficientes y contaminan muchísimo, disolviendo cualquier ambigüedad a favor del barrendero.
Simultáneamente, se puede meter una historia de amor, ya sea del protagonista con alguna chica quien también se vería afectada por la perfidia del villano, y es alguien más a quién proteger, o, puede ser la redención del malo que, quizá enamorado por la encantadora hermana menor del protagonista, renuncia a sus planes malévolos y lo sacrifica todo en pos del amor.
Finalmente, como condimento adicional, incluya unos cuantos personajes secundarios; uno es el mejor amigo del protagonista, quien siempre posee la característica que éste carece o algún conocimiento técnico que permite desarmar/reprogramar/destruir los /robots/computadoras/cámaras/autómatas que el malo envía en repetidas ocasiones para destruir a sus enemigos.
El otro puede ser el mayordomo/asesor/consejero/niñero del villano quien si bien hace y obedece lo que éste le dice, secretamente está en desacuerdo con los desmanes/brutalidades/irresponsabilidades y funge como cómplice de los buenos en algún momento de la historia.
Finalmente el bueno gana, el malo o se redime de la forma que ya dijimos, o tercamente muere de una forma catastrófica y autoinflingida, el bueno jamás destruye al malo, éste se acaba siempre a sí mismo.
Como final alternativo, la redención puede llegar a través del ayudante del villano, quien por distintos motivos ha atestiguado los cambios del villano y saben que provienen de la falta de afecto/reconocimiento/amor del padre pero que gracias a una carta/testamento/video/holograma termina demostrando lo contrario y haciendo vanos o inútiles todos los esfuerzos destructivos del malo.

Creo que he cubierto varios elementos cruciales para la trama de una peli de Pixar o Dreamworks o Disney.
Ahora, lejos de mí pretender que esto es suficiente, o que la trama pendeja que acabo de esbozar como una excusa tenga un valor en sí misma, no, sólo es una parte de una respuesta que le doy a una pregunta que es ¿Qué hace que una historia sea buena? Si se dan cuenta tomo esas productoras de películas como referente de buenas historias, aunque no todas, pero las tomo porque rescatando recursos usados previamente hasta la saciedad, han sido capaces de reorganizarlos/reutilizarlos/reimaginarlos y presentarlos a nuevas luces para hacerlos vigentes, valederos y relevantes a las nuevas audiencias.
Obviamente están los recursos técnicos, la parafernalia, el billete, pero se requiere una habilidad impresionante para involucrar todo eso con una buena historia para hacerla extraordinaria.



Tres reflexiones sobre una buena historia:

Andrew Stanton, de Pixar, Ken Burns, hacedor de documentales, y Julio Cortázar que habla de los buenos cuentos:









http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/cortaz2.htm


sábado, 19 de noviembre de 2011

Black Eyed

"Tierra de nadie, oscuridad
  sin rumbo fijo debes vagar
  pero recuerda que ahora
  eres libre! (Tierra de Nadie, Barón Rojo).


Ayer escuchaba una canción de Death Cab for Cutie llamada Bixby Canyon Bridge, canción que no suelo escuchar mucho, y jamás le había prestado suficiente atención a la letra.
Bueno, pues me enteré que la canción habla del viaje del vocalista de la banda en cuestión por la zona californiana Big Sur, rastreando los pasos del escritor Jack Kerouac descritos en la novela titulada igualmente Big Sur:

In the silence it became so very clear
That you had long ago disappeared

And I cursed myself for being surprised
That this didn't play like it did in my mind

El día que Diego Andrés se murió, traté de buscarlo, de sentir sus pasos por las calles en la noche de Popayán, pero las cosas, al igual que en la canción, no salieron como me las había figurado, y las calles se sintieron desoladas y amenazadoras, y los faroles proyectaban una luz diferente, aciaga.
De tal forma que me guarecí en el bar de unos amigos y me emborraché con cerveza, y lo pensé mucho.
Y muchos eventos que me habían parecido triviales cobraron importancia a nuevas luces, como cuando me mostró lleno de emoción una canción en harapos, y yo le dije que me parecía una canción pendeja...

Ahora que no está me da rabia, me da mucha rabia no haber poder compartido con el muchas cosas que sé le hubieran gustado, me da rabia no haber aprendido muchísimas cosas que podía enseñar.
Su muerte no ha sido un dolor sordo, más bien uno que ataca de repente, cuando sabés que el habría tenido algo que decir, cuando sabés que su luz habría podido iluminar algún oscuro problema de esos que nos aquejan constantemente.
Se habría reído de buena gana de las últimas estupideces que he cometido.
Maldita sea, que piedra que se haya ido, y no haberme podido despedir.
Te extraño mucho enano.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Zugzwang



Después de pasar tres días guardando cama, con la boca reseca y la ropa empapada en sudor por la fiebre, el malestar había empezado a disminuir, la infección en la garganta había cedido, y por fin Víctor tuvo fuerzas para pedir un caldo al asadero de pollos más cercano.
Odiaba los asaderos de pollo, y no entendía como la gente podía ir a engrasarse las manos a un sitio que destilaba incomodidad y aburrimiento y cuyos empleados encarnaban una proverbial apatía y mala cara.
No obstante, no le quedaban arrestos para prepararlo él mismo, y en su soledad no había nadie a quien acudir tampoco, de tal forma que el caldo llegó en un icopor media hora después, dentro de una bolsa de papel, acompañado de dos arepas frías e insípidas y le supo, como muchas otras cosas, a alivio y resignación.
El cuarto estaba lleno de botellas vacías de gatorade, sobres de bebidas en polvo para los resfriados, y encima de la mesa de noche estaban los antibióticos que tendría que tomar por otros cuatro días.
Se preguntó que opinaría Matías cuando lo viera, demacrado, como escapado de las mismas garras de las Parcas.
Realmente, no era para tanto, las amígdalas se le inflamaban ocasionalmente, y las bufandas, tapabocas y demás recursos eran inútiles cuando le había llegado la hora de enfermarse. Sólo era cuestión de aceptar cabizbajo una batalla que habría de ganar, pero que no quería pelear.
Pensó que un buen baño le vendría bien, así que reunió sus fuerzas para salir de la cama y trastabillar débilmente hasta la ducha.
El agua le golpeaba la espalda, y no pudo menos que imaginarse azotado por un monzón en un paraje selvático, donde el aguacero no te deja ni siquiera escuchar tus propios pensamientos.

Cuando se viera con Matías le preguntaría cómo era que los vegetarianos no se enfermaban por falta de nutrientes y proteínas que brindaba la carne, además de darle color a la piel y, según él pensaba, parte de las fuerzas para seguir viviendo.
Sabía que Matías se reiría y haría una larga defensa de sus hábitos y costumbres, porque además de estar obligado por sus creencias religiosas, se veía siempre compelido a justificar sus acciones racionalmente; seguramente hablaría de lo anti-ecológico que era el hecho de comer carne, sin contar con las implicaciones económicas y morales de darle cereal a un animal cuando se podía invertir ese mismo cereal en asegurar el sustento de otros seres humanos.
A Víctor poco le importaban todas esas justificaciones, y comía carne frecuentemente. De hecho, pensaba hacerlo apenas su adolorida garganta pudiera soportarlo.

Matías no había probado la carne en toda su vida, pues su madre y su padre lo habían criado bajo la estricta observancia de los principios hinduistas.
Los padres de Matías se habían conocido y habían empezado a salir mientras asitían a la facultad de ciencias de la salud de una prestigiosa universidad privada; el padre estudiaba medicina, y la madre, nutrición y dietética.
Después de la graduación habían emprendido un viaje a la India, donde ambos se habían visto fascinados por la cultura. El padre había decidido seguir sus estudios en medicina alternativa, y había logrado establecer una clínica donde efectuaban tratamientos homeopáticos, acupuntura y medicina ayurvédica.
Por otra parte, la madre tenía un consultorio en la misma clínica, y se dedicaba a prescribir dietas vegetarianas, generalmente a señoras New Age reciente y temporalmente seducidas por el yoga y el estilo de vida sano.
La clínica era un buen negocio, y los padres de Matías creían en la austeridad, así que el padre podía irse cada año tres meses a parajes remotos del país a administrar medicinas y trabajar para las comunidades que lo necesitaran. En varias de estas ocasiones se llevaba a su esposa y su hijo, por lo cual Matías había alcanzado a estudiar en varias escuelas de veredas y corregimientos, ya fuera en la selva o en la costa, o en alguno de los muchos páramos donde abundan los frailejones y el frío.

El día que Víctor renunció a su trabajo como asesor comercial en un banco, fue a despejar un poco su cabeza al parque. No debía haberle pegado al gerente, pero en el furor del momento, su mano había reaccionado más rápido que su cabeza y se había estrellado contra el mentón del gerente mandándolo contra uno de los cubículos, mientras una secretaria gritaba aterrorizada y el caos se desencadenaba.
No hubo palabras, sólo cogió su escarapela y la tiró al piso mientras el guardia lo sacaba a empellones.
Mientras buscaba una banca, alcanzó a divisar a un Hare Krishna.

- Que no se me acerque ese hijueputa, porque de seguro que también le rompo la cara. - masculló.

Afortunadamente, el Krishna estaba en ese momento vendiéndole una caja de varitas de incienso a una señora que por ahí pasaba, y no cayó en cuenta del individuo perturbado con cara irascible que acababa de cuestionar la integridad de su madre.
La banca que Víctor encontró quedaba contigua a unos escalones donde unos muchachos practicaban sobre sus patinetas saltos y acrobacias.
Víctor observó despreocupadamente, a la espera de que alguno de esos insensatos se abriera la cabeza.
Después de un rato, al ver que no ocurría, se paró y fue a darle una vuelta al parque antes de encaminarse hacia su casa.

En una de las esquinas del parque, habían erigido seis mesas con tableros de ajedrez pintados, a las cuales asistían a jugar viejos jubilados, desempleados y vagos a pasar el tiempo, apostar y discutir de política y de como estaba de jodido el mundo.
Justo antes de irse, Víctor pasó por ahí y observó un par de partidas, pensando que mientras estaba entre trabajos, no estaría mal desempolvar su apertura siciliana en aquel patético escenario, y así sumirse un poco más en la autodestrucción que había empezado aquella mañana que no se había presentado a la entrevista en el Ministerio, y que ahora ahondaba con el sopetón que le había propinado al "doctor" Benítez.
Cuando llegó a casa, se aflojó la corbatucha detestable esa que les daban a los empleados del banco, destapó una cerveza y prendió un cigarro.
Considerándolo a vuelo de pájaro, la liquidación y lo que tenía en su cuenta le alcanzaba, si administraba los recursos juiciosamente, para tres o cuatro meses de desempleo, sin contar la plata que le debía Pérez, el del trabajo, que en caso de recuperarla le daba el respiro de otro mes.

Al día siguiente, después de un buen desayuno, leer el periódico un rato, y envenenarse contra los programas mañaneros de variedades de la televisión nacional, Víctor emprendió el camino hacia el parque.
El recorrido lo llevaba por una alameda al lado de un caño que encauzaba un riachuelo citadino.
Este camino era el mismo que lo conducía hacia el banco, pero debía cruzar siempre al llegar al colegio cercado por un alto muro de ladrillo a la vista.
Contiguo a éste siempre había una señora que vendía mangos para los colegiales que salían a mediodía hacia sus casas y, temprano en la mañana, exprimía naranjas para hacer jugos para aquellas personas que se dirigían a su trabajo por esa ruta.
Al llegar al parque empezó a ver partidas mientras identificaba a los jugadores más fuertes, seguramente contra los cuales se batiría, porque el nivel no ascendía mucho.
Empezó a jugar y completó una racha de cuatro victorias, y cual no sería su sorpresa cuando su siguiente contendor resultó ser el Krishna, y mayor aún su desconcierto cuando éste le ganó tres partidas seguidas...

- Seguramente si apostamos algo de plata se vuelve más interesante la cosa.- dijo Víctor para no mostrar que estaba apabullado.

- Yo no apuesto.- Contestó Matías serenamente.

Con el tiempo Víctor se enteraría de que los Krishnas no apostaban, ni comían carne, ni consumían ningún tipo de sustancia estimulante.
Al comienzo, Vìctor recelaba de la paz que proyectaba Matías, asumiendo que debajo de esa aparente calma había un torbellino de inquietudes y deseos reprimidos. Víctor creía que una persona que no se entregaba a la carne y sus deseos bien podría ser un muerto en vida, o un alma en pena que deambula por el limbo.
Matías en cambio, creía todo lo contrario.
-Someterse al ímpetu de lo inmediato solamente nos encadena por más tiempo a nuestras limitaciones terrenas.- solía decir.
Las conversaciones se volvieron frecuentes, y muchas veces después de las partidas de ajedrez, se prolongaban las caminatas y los diálogos hasta que caía el sol.

Víctor era muy terco y soberbio, así que nunca le pedía consejo a Matías de nada. A pesar de esto tomaba atenta nota de todo lo que decía éste, descubriendo una sabiduría que rebasaba sus años y las creencias que le habían inculcado.
Por otra parte, Matías nunca aceptaba ninguna invitación, no jugaba billar, no tomaba ni café ni cerveza, y tampoco podían ir a comer, porque Víctor primero muerto que vegetariano.
Así que sus entrevistas tenían escenario fijo, pero sus discusiones los llevaban a muchos lugares y tiempos, generalmente conducidos por Matías, pues Víctor era agudo de pensamiento, pero carente de cimientos, pues sólo había leído lo que le habían asignado, y quizás menos.

Cuando Víctor volvió al parque después de ausentarse por la amigdalitis, la tarde estaba gris, y amenazaba con llover.
Igualmente salió de su casa con una leve esperanza de que aclarara. Esperanza que fue brutalmente aplastada cuando se desgajó el chubasco.
Fue frustrante ver que después de una semana soleada que había tenido que ver por la ventana de su apartamento, se rompiera el cielo con tal intensidad apenas había sacado la cabeza de su madriguera.
Víctor volvió a su casa, y decidió quedarse viendo series viejas en la televisión.
Por la noche no pudo dormir bien, un ruido de la calle lo despertó, así que se paró a la cocina, y se sirvió un vaso con agua.
Mientras esperaba que el sueño le diera cobijo de nuevo, prendió el televisor en un canal donde a esa hora repetían un especial de los Beatles, que le había aburrido sobremanera la primera vez que lo había visto.
En ese momento sonaba Michelle:

Michelle
Ma belle
This are words
that go togheter well
My Michelle

Y pensó en ella. En un repentino ataque de nostalgia pensó en ella y en sí mismo, y como sus caminos se habían separado.
Al día siguiente trató de reconstruir la historia, y quiso contársela a Matías. Los recuerdos eran vagos, la había conocido en el tiempo en que él aún era una promesa y no una deuda que no se podría pagar...

Durante la primera confrontación, Víctor inició su relato.

La historia de Víctor

La primera vez que quedamos para salir, hacía mucho frío, tanto que me puse una chaqueta gigante que me habían regalado, incluso una bufanda.
Yo estaba muy nervioso, realmente no habíamos cruzado más palabras que aquellas cuando me atreví a preguntarle como se llamaba, por insistencia de un amigo, con el que yo iba siempre para arriba y para abajo, y que siempre me pillaba distraído cuando nos habíamos cruzado en la calle con ella me dijo que si la miraba tanto debería hablarle.
Empecé por dejar de sólo cruzar miradas, y saludar. Y una vez nos encontramos en la biblioteca, yo estaba haciendo un trabajo y ella leía.
Le pregunté qué leía, su nombre y que hacía, a lo que me contestó que iba a empezar a estudiar ingeniería de sonido, que le encantaba la música, y durante varios años había tocado el piano.
Yo pensaba seriamente en decir algo inteligente sobre la música o el piano o algo para no parecer tan ignorante, pero las palabras, como es usual, no me salieron.
A pesar de esto, y de dar una pésima impresión, me dio su teléfono.

Así que el día convenido, aquel día frío la esperé en el lobby del edificio donde vivía, un edificio grande y viejo, cuya portería crucé después de estar tiritando afuera por un rato. Había tomado un bus, pues el taxi me descompletaba el presupuesto estudiantil para invitarla a salir.
Ella tenía un jersey rosado con cierre, demasiado delgado para el frío que hacía.
Nos fuimos caminando, pues queríamos ir a algún sitio cercano.
Entramos a un café con tintes bohemios romanticones, que tenía una pequeña chimenea que crepitaba alegremente, y nos sentamos en la mesa contigua a ésta.
Después de ver la carta, pedimos un par de cervezas, mientras el mesero nos miraba con desdén. Cuando las trajo nos pidió que nos corriéramos de mesa, pues ocupábamos la mejor mesa y aparentemente nuestra orden no satisfacía los requerimientos para sentarnos en ella.
Sorprendidos, nos miramos, y nos corrimos dócilmente, en lugar de haberle despicado la botella en la cara a ese imbécil, como debimos haberlo hecho.
Creo que después fuimos a otro sitio, no me acuerdo, pero eso fue lo más memorable de nuestra primera salida.

En ese momento Matías le declaraba el Jaque Mate, y Víctor lo acusaba de aprovechado y de haberlo agarrado distraído.
Las partidas y la historia de Víctor continuaron.

Las siguientes veces que salimos me enteré que le encantaba escuchar los Beatles, y que cuando practicaba juiciosamente el piano había logrado una buena ejecución de la marcha turca de Mozart.
Por esos días había otra chica, una compañera de universidad con la que me hacía frecuentemente, era orgullosa, y cuando salíamos jamás se dejaba invitar a nada, era independiente y de carácter fuerte. Acababa de salir de una relación con un tipo con el que había durado casi tres años y el prospecto de meterse con alguien le incomodaba en grado sumo. Nos tratábamos como dos viejos amigos, que no se tutean, sino que usan el usted a fuerza de costumbre. Este trato informal era refrescante, y saber que no podía haber nada entre los dos me atraía, y dejar que eso avanzara fue una gran estupidez.

Palabras más, palabras menos, mientras la situación se desenvolvía pausadamente con la pianista, mi compañera empezó a mostrar un interés inusitado en mí, lo cual me confundió y me nubló la mente. Empecé a faltar a mis compromisos con una, pero tampoco hacía ninguna jugada con la otra. Hasta que una vez, me atreví a contarle a mi compañera como me sentía y me paró en seco, diciéndome que no me equivocara, que ahí no había posibilidades de nada.
Al día siguiente me sentí avergonzado y decidí no volver a llamar, a ninguna de las dos.
En últimas, me quedé sin el pan y sin el queso, Matías. Todo porque la vida me presentó con dos oportunidades excluyentes ¿se da cuenta? esta vida injusta que te hace elegir bajo un velo de total incertidumbre.
En últimas, creo que las decisiones habrían sido otras si hubiera habido otra oportunidad, pero no hay tal, porque las segundas oportunidades son más raras que los dientes de una gallina.

Caía la tarde, y Matías escuchaba atentamente a lo que decía su contrincante, eso sí, con el ojo puesto en la partida, esperando la oportunidad para desolar el territorio enemigo, limpiarlo de peones, alfiles y caballos, esperando la oportunidad para hacerse con la victoria.





martes, 13 de septiembre de 2011

Dos Ruiseñores y dos rosas para vos

Ocurre que leí un cuento cuando era niño, la versión que yo tenía era diferente a la que me robo ahora, pero para efectos prácticos el contenido es el mismo (aquí la larga). Después, volví casualmente sobre él, y después le pregunté a alguien, quien yo sabía compartía mi gusto por ese tipo de historias me dijo que el cuento del ruiseñor y la rosa era su favorito, y me lo mandó, y era diferente y aún más desolador que el que yo conocía.Entonces uno es el cuento del príncipe pobre, y el otro es el ruiseñor y la rosa de Oscar Wilde, ambos con un triste y similar desenlace.

El Príncipe Pobre


Un príncipe, para pedir la mano de una princesa, le envió las cosas más bellas que encontró: una rosa y un ruiseñor.
El rey y todos los demás quedaron encantados con los regalos; sólo la princesa arrugó desdeñosa la nariz:

- ¡Esa rosa es de verdad, ni siquiera es de plata! ¡Y el ruiseñor está vivo, no es de cuerda!
El príncipe fue rechazado pero no se resignó. Se disfrazó y se puso a trabajar en la corte como porquero. En sus ratos libres fabricaba objetos raros para atraer la curiosidad de la princesa.Una vez construyó una olla con cascabeles que sonaban cuando hervía el agua. Ella quiso comprarla a cualquier precio; el dijo que solo se la daría a cambio de un beso y la princesa aceptó.El rey sorprendió a la hija besando al porquero y hubo un gran escándalo. Entonces, el porquero confesó que era un príncipe y ella quiso arreglarlo todo con el matrimonio; pero ahora fue él quien rehusó:
- Por una rosa y un ruiseñor no has querido a un príncipe, pero por unos cascabeles has besado a un porquero. ¿Sabes lo que te digo? Quédate con la cazuela y soltera.

El Ruiseñor y la Rosa

El ruiseñor y la rosa
[Cuento. Texto completo]

Oscar Wilde

-Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay una solo rosa roja en todo mi jardín.

Desde su nido de la encina, oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado.

-¡No hay ni una rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante.

Y sus bellos ojos se llenaron de llanto.

-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa roja.

-He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aún sin conocerlo; todas las noches les cuento su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.

-El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-, y mi amada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará ningún caso. No se fijará en mí para nada y se destrozará mi corazón.

-He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es alegría para mí es pena para él. Realmente el amor es algo maravilloso: es más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Perlas y rubíes no pueden pagarlo porque no se halla expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor ni ponerlo en una balanza para adquirirlo a peso de oro.

-Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-. Tocarán sus instrumentos de cuerda y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas que darle.

Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba.

-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él, con la cola levantada.

-Si, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.

-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue.

-Llora por una rosa roja.

-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!

Y la lagartija, que era algo cínica, se echo a reír con todas sus ganas.

Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando sobre el misterio del amor.

De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo.

Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín.

En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal, y al verle, voló hacia él y se posó sobre una ramita.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza.

-Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve de la montaña. Ve en busca del hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá el te dé lo que quieres.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza.

-Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol, más amarillas que el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante, y quizá el te dé lo que quieres.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.

-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el arbusto meneó la cabeza.

-Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más rojas que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año.

-No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio para que yo la consiga?

-Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.

-Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy miedoso.

-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes que hacerla con notas de música al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía.

-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-, y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Suave es el aroma de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

Entonces desplegó sus alas obscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín como una sombra y como una sombra cruzó el bosque.

El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped allí donde el ruiseñor lo dejó y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos.

-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta sea sabia; más fuerte que el poder, por fuerte que éste lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo color de llama; sus labios son dulces como la miel y su hálito es como el incienso.

El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues sólo sabía las cosas que están escritas en los libros.

Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñor que había construido su nido en sus ramas.

-Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas!

Entonces el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente argentina.

Al terminar la canción, el estudiante se levantó, sacando al mismo tiempo su cuaderno de notas y su lápiz.

"El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el ruiseñor posee una belleza innegable, ¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos artistas: puro estilo, exento de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su garganta tiene notas bellísimas. ¿Que lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!"

Y volviendo a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo y se puso a pensar en su adorada.

Al poco rato se quedo dormido.

Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas.

Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas, y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche.

Cantó durante toda la noche, y las espinas penetraron cada vez más en su pecho, y la sangre de su vida fluía de su pecho.

Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción.

Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora.

La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal parecía la sombra de una rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un lago.

Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen.

Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida.

Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco: porque sólo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.

Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento de dolor.

Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba.

Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.

Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos.

Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se le ahogaba en la garganta.

Entonces su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío del alba.

El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos.

El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar.

-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.

Pero el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado de espinas.

A medio día el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.

-¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado.

E inclinándose, la cogió.

Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa.

La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.

-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero.

Pero la joven frunció las cejas.

-Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.

-¡Oh, qué ingrata eres! -dijo el estudiante lleno de cólera.

Y tiró la rosa al arroyo.

Un pesado carro la aplastó.

-¡Ingrato! -dijo la joven-. Te diré que te portas como un grosero; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán.

Y levantándose de su silla, se metió en su casa.

"¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica."

Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.

lunes, 22 de agosto de 2011

Las cosas que pasan



Siempre había creído que su fuerza radicaba en su capacidad para desprenderse, de la gente, de las cosas, en su habilidad para no pensar mucho en el pasado.
Con ella, las cosas habían cambiado, y los post-it, los recibos, las fotos, y hasta el suéter horrible, ese que ella le había regalado, podían atestiguarlo.
Así que su presencia aún perduraba, y en el apartamento que habían compartido antes de que ella se largara dejándolo desconcertado con los chocolates que a ella tanto le gustaban en la mano, todavía quedaban su bufanda, unos cuantos CDs y el póster de Steinlen que un amigo les había regalado alguna vez.

Los CDs los vendió en la calle, en uno de esos puestos donde aún vendían vinilos y cassettes y en donde los nostálgicos iban a defender la causa perdida de los formatos obsoletos.
La bufanda, una bufanda carísima de cachemir que él le había regalado la tiró a la basura en un arranque de necedad y furia, y el póster lo conservó porque a ella nunca le había importado un carajo, y a él si le gustaba mucho el gato negro que evocaba a vino barato y a música en francés y a sombras chinescas, un espectáculo que siempre había querido ver.

Durante varios meses durmió tranquilo, y el fantasma de ella le dio respiro, el dolor amainó y muchos días ni se acordaba de ella ni la extrañaba, salvo en esas horas grises en que la ciudad te cala y el ruido te aturde y la indiferencia de los transeúntes te abofetea mientras caminas.
Le había vuelto a tomar gusto a esas tardes solitarias en las que iba a tomar café, o a cine, o al centro de la ciudad a ver exposiciones de lo que fuera, siempre en esa búsqueda infructuosa, y con esas ganas y ese miedo, ambos infundados, de encontrársela, imposible alternativa, ya que se había largado a otra ciudad.
Fue en una de esas tardes, al salir de su trabajo de profesor de colegio, trabajo que había aceptado cuando se había graduado porque era muy perezoso para buscar ofertas, y en todo caso muy orgulloso para andar aceptando negativas de su hoja de vida de profesional mediocre con un perfil menos que competitivo, que se encontró con un antiguo compañero de universidad de ella. El personaje en cuestión había compartido con ella los últimos semestres y con éste había desarrollado una relación cordial a fuerza de tanto verlo, claro que hacía un largo rato que no se veían porque había conseguido un trabajo muy bueno en un juzgado de la costa, y estaba en la ciudad por unos días para tramitar unos papeles en un tribunal debido a un conflicto de jurisdicciones que según le dijo, olían a corrupción y a chanchullo y aparentemente sólo le hacían perder su tiempo.

-Ahora que me acuerdo, tengo que devolverte tu libro - dijo.
- ¿Cuál libro?
- El de Murakami, el que me prestaste hace tiempo.
- Que va, ¿no me lo habías devuelto ya?
- No, si justo lo estuve hojeando anoche, pero ese no es mi tipo de literatura, siempre leo las mismas quince páginas y lo dejo tirado, lo volví a intentar por si el tiempo había cambiado mi gusto, pero sin éxito, ese tipo es un ladrillo.

El no pudo menos que sonreír. Murakami era su autor favorito, y en tiempos de universidad lo había leído ávidamente, todavía podía recitar algunos pasajes de memoria, y tenía casi todas sus novelas, y varias de sus colecciones de cuentos.
Caminaron varias cuadras sobre la avenida de sur a norte, y después emprendieron el ascenso por las empinadas calles del oriente de la ciudad hacia el sitio del abogado, que se estaba quedando en su antiguo apartamento de estudiante, donde aún vivían su hermana menor, y su gata, que no se había querido llevar para la costa, por el calor y por la falta de tiempo y por todas las demás dificultades que implicaba mudar a una gata resabiada y vieja.

Fue Sabrina, así se llamaba la gata, la que los recibió con un maullido mientras entraban. A él siempre le había caído bien Sabrina, y un viejo suceso le vino a la mente, una vez habían ido al apartamento del abogado para estudiar para un examen preparatorio y la gata le había rasgado la media a ella, y se había ensañado a arañarla sin ningún motivo aparente, mientras que ella le tomaba un odio enfermizo a los gatos en general y a Sabrina en particular, y por carambola al apartamento donde se ésta alojaba, así que esa había sido la última ocasión en la que habían pisado ese apartamento juntos, y al que ahora él volvía, y le daba la razón a la gata, creyendo que ella intuía algo que él tendría que aprender a las malas, no debía confiar en ella.

- Ahí tienes tu libro, no sé, en serio, como te lo aguantas.
- ¿Sabes? En el libro uno de los protagonistas puede hablar con los gatos; cuánto me gustaría poder hablar con Sabrina, y hacer como el personaje, que se dedica a buscar gatos para ganarse la vida, en vez de andar pendejeando con esos mocosos que me traen de los pelos.
- Pues no te ves tan infeliz con tu trabajo, de hecho, pensé que te gustaba.
- Con que aprendan a leer me doy por bien servido, pero si pudiera hablar con los gatos, preferiría enseñarles a ellos a leer.
Después de un par de cervezas, él no pudo aguantarse las ganas de preguntarle al abogado que si sabía de ella.
- Lo último que supe es que estaba bien, no hablamos hace rato- dijo éste, como pisando con cuidado. ¿Que pasó con ustedes? se veían tan bien.
- Seguramente se dio cuenta que le iba mejor sin mí, un profesor agrio y mal hablado no es buen partido para nadie.

Esa noche soñó con ella, estaban en un corredor largo y angosto, y el presentía que del otro lado estaba su salón de clase y que ya debía volver, pero quería estar con ella, y se tomaban de las manos mientras el corredor se desvanecía y de repente estaban en una cabaña donde habían pasado un fin de semana en tiempos de la universidad, y por último ella también desapareció, y sólo quedó la engañosa oscuridad del sueño.
Cuando se despertó, sintió una fatiga tremenda, frío y ganas de orinar, fue al baño sin prender la luz, y todavía somnoliento maldijo la hora en que se había metido en un trabajo donde había que madrugar, ya no podría volver a acostarse, pero todavía faltaba una hora para el amanecer, una hora que habría que matar con paciencia y sin sucumbir a la tentación de volver a meterse en las cobijas y arriesgar a quedarse dormido para su clase de siete.
Abrió el libro que no tenía en su poder hacía más de un año, y de repente la letra de ella en la dedicatoria le pegó entre los ojos, como cuando la puerta es de vidrio y por descuido no lo ves, y tu nariz paga las consecuencias.

J'aime bien les couchers de soleil. Allons voir un coucher de soleil...
(Me encantan las puestas de sol. Vamos a ver una puesta de sol.)

Sus ojos recorrieron una y otra vez la frase, como tratando de descifrarla, como si en algún rincón del mensaje yaciera la respuesta al acertijo de su vida, como si al asimilarla pudiera también superar el sentido de vacío que ahora lo atenazaba.
Dejó el libro sobre la mesa del comedor y se dio una ducha rápida, se vistió y salió a la carrera, aunque el tiempo todavía le sobraba, pero el libro le había causado una urgencia por salir a tomar aire fresco y alejarse de él.
Todo el día estuvo distraído y ausente. ¿Qué significaba que este libro hubiera vuelto a sus manos ahora que ella no estaba?
En un día de agosto sin razón especial ella había aparecido con el libro, la edición costosa, envuelta en papel kraft, sin decir mucho, salvo que lo había visto anunciado en una vitrina del centro y lo había comprado sin más.
Fueron ésos buenos días, pensó. Habían partido ese fin de semana con unos amigos para una finca en tierra caliente, en donde los mosquitos los habían masacrado, habían comido más atún del que el soportaba en todo el año y el calor había sido abrasador, pero la cerveza tenía un sabor glorioso, y el pensaba que podría pasar el resto de su vida con ella, y así se lo había dicho en aquella ocasión, a pesar de lo ridículo que se sintió durante y después de hacerlo, y ahora le parecía como una mala pasada de la vida, como una lección por su insensatez.

Cuando volvió a su casa,se sintió viejo y cansado, ¿cómo era posible que eso hubiera pasado apenas hacía un poco más de un año, y ahora las cosas hubieran cambiado tanto?
El libro yacía donde lo había dejado por la mañana, aguardándolo, esperando a ser abierto de nuevo como una caja de pandora, que explotaría en un remolino que le destrozaría el apartamento y el resto de tranquilidad que le quedaba.
Sintió miedo, pero la curiosidad pudo más, y se acercó tímidamente al libro, como tanteando el terreno en un campo minado.
Al abrirlo de nuevo pensó intensamente en ella.
- Yo que pensaba que estaba en una novela, y ella se sabía en un cuento corto.

Desde ese día, la intranquilidad y el malestar volvieron a visitarlo. Veía su fantasma en la calle, en las siluetas que se acercaban, su abrigo oscuro, a veces su pelo, otras podía jurar que olía su perfume o hasta el jabón que ella se echaba, y siempre, siempre se sentía asechado por su endemoniado recuerdo.
El libro resultó ser medicina y enfermedad al mismo tiempo. Cuando lo leía las primeras páginas le costaban trabajo casi que le pesaban, pero como si de un calentamiento se tratara los capítulos iban sucediéndose cada vez con más facilidad, y le daban un solaz a su nublada cabeza, pues la búsqueda de los personajes era, al menos así lo creía, una con la suya propia.
No obstante, conforme avanzaba, el valor terapéutico del libro iba desapareciendo, pues los misterios de los personajes se iban desenmarañando, mientras que sus propios interrogantes lo paralizaban.

Él no sabía la razón por la cual un día ella se había marchado a toda velocidad. No sabía si debía buscarla, o si quería hacerlo, no sabía si debía dejar todo allí o convencerla a toda costa de que volviera con él, sólo para resarcir su ego dejándola él a ella, o simplemente volver con ella como si no hubiera pasado nada.
Todas estas posibilidades estaban supeditadas a lo que ella quisiera al final.
Y siempre llegaba a la misma conclusión, siquiera temporal. Si se había largado, era porque no quería estar con él.

-Debo dejar todo al borde del camino. Al final no debo llevar equipaje. Mucho menos una maleta tan pesada, una carga tan onerosa.- Se repetía una y otra vez como un mantra.
- Debo enterrar su imagen y su recuerdo, sino estaré perdido sin esperanza en el laberinto de su ausencia.- sentenció.

Al terminar el libro, decidió deshacerse de él. Nunca había sido supersticioso, pero tirar un libro a la basura le parecía un pecado mayor del que podía permitirse. Regalárselo a alguien tampoco era una opción, pues uno no debe regalar algo que uno mismo no quiera, y mucho menos un pedazo maltrecho de sí mismo.
Así que decidió dejarlo tirado en un café, casualmente, como quien no quiere la cosa.
El lugar indicado fue el café al frente de la biblioteca. Tenía que ir a sacar unos libros para acordarse de Schumpeter y la destrucción creativa para explicársela a sus pupilos, y siempre que iba acostumbraba a sentarse ya fuera en las escaleras por las cuales se bajaba hacia el café o en las sillas del mismo.
El café quedaba al fondo de una plazoleta, donde se erigía una escultura de hierro que siempre le había disgustado, y constaba de varias mesas en el exterior, al borde de la plazoleta, y la zona interior, delimitada por vidrio.
El sitio estaba medio vacío salvo por unos extranjeros en la parte de adentro, así que compró un espresso, una botella de agua y se sentó en una de las mesas del rincón a hojear el libro que había sacado de la biblioteca.
Estaba por terminar su café cuando una joven se sentó en la mesa contigua, como distraída, y sin darle siquiera una mirada, sacó un cuaderno de la maleta y un libro de texto, de esos de cálculo que pululan en los primeros semestres de todas las universidades, y se enfrascó en su cuaderno de ejercicios.
El la miró, un poco indignado de que ella no se hubiera detenido a ver a su alrededor antes de sentarse, como si él fuera otro accesorio más del paisaje de piedra y cemento que no merecía ni una pizca de atención.
Lo que más lo irritó fue que se sentó en la silla opuesta de la mesa inmediatamente al lado, quedando de frente lo cual no quería decir que pudieran cruzar miradas, porque a duras penas si levantaba la mirada, y cuando lo hacía miraba a través de él, como si fuera trasparente.
Él decidió entonces echarle una última hojeada al libro, darle una pasada antes de desprenderse de él.
Pausadamente lo dejó sobre la mesa con la servilleta, el vaso y la botella de agua encima, para que no se notara hasta que hubieran recogido después de que se hubiera ido.
-Espero que el que herede el libro no sea tan indolente como ésa.- pensó mientras miraba fijamente a la muchacha que seguía ensimismada.

Cuando ya iba por la esquina lo tocaron por la espalda.

- Dejó su libro.
- Lo dejé porque quería.
- Sólo un idiota deja un libro tirado deliberadamente, eso o un analfabeta.
- Pues es muy probable que sea un idiota, ahora váyase.
- Me voy pero recíbame el libro.
- Quédeselo, ya no lo quiero.
- ¿Qué tiene de malo?
- Nada, sólo que ya me lo acabé, y no tiene más valor para mí.
- Bueno, si me lo quedo, usted esperará un pago, y no tengo dinero.
- No, no, sólo quédeselo, y véalo como un regalo o una adquisición fortuita.
- No hay adquisiciones fortuitas, todo pasa por algo. Acompáñeme a mi casa, pues creo que tengo algo con lo que puedo pagarle.
El la miró con suspicacia.

- No es nada de lo que está pensando. Vamos, es aquí cerca.

Avanzaron un par de cuadras hacia el sur del café, y después subieron por una calleja empinada, a mitad de cuadra, un caserón destartalado, del cual habían hecho un inquilinato lleno de recovecos minúsculos, que a duras penas podían ser llamadas habitaciones.
La joven lo hizo entrar hasta un patio interior al lado del cual había un arbolito, y una piecita hechiza, en donde había una camita, un pequeño armario, una mesita, un asiento y un tocador que desentonaba, pues no concordaba ni con la cama ni con el resto del escaso mobiliario.
Él supuso que ella lo había traído de la casa de sus padres, pues se notaba que era una estudiante provinciana con poco presupuesto, y el tocador correspondía en definitiva, a otra época y lugar.
En la piecita había un gatico blanco, con un lunar de pelo café en el pecho, y mitones del mismo café.
Ella lo alzó y se lo pasó, mientras el veía asombrado, e incapaz de procesar los eventos que se sucedían rápidamente.
- Pero yo no quiero un gato. dijo él.
- Es su pago, le aseguro, se llevarán bien.

Después de una inútil discusión - la chica era perseverante - él terminó por llevarse el gato a su casa.
Ella no le había dicho el nombre, pero por lo que había podido deducir, era macho, así que dijo:
- Te llamaré Natsume.
Lo que sucedió después lo dejó perplejo, el gato estaba husmeando por el apartamento, pero se volvió atentamente hacia su nuevo amo y musitó:
- Hay muchos libros en esta casa, seguro me enseñarás a leer ¿no? Por cierto, está muy bueno el afiche.

Al día siguiente, él renunció a su trabajo.

Fin














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