Como siempre sucede, hasta hoy han comenzado a develarse las posibles claves de esas visitaciones que tuve durante la siesta de ayer. Son mis viejos demonios, los fantasmas ya rancios que, con diversos ropajes, con distinto lenguaje, con nueva malicia escénica, suelen presentarse para recordarme las constantes que tejen mi destino: el vivir un tiempo por completo extraño a mis intereses y a mis gustos, la familiaridad con el irse muriendo como oficio esencial de cada día, la condición que tiene para mí el universo de lo erótico siempre implícito en dicho oficio, un continuo desplazarme hacia el pasado, procurando el momento y el lugar adecuados en donde hubiera cobrado sentido mi vida y una muy peculiar costumbre de consultar constantemente la naturaleza, sus presencias, sus transformaciones, sus trampas, sus ocultas voces a las que, sin embargo, confío plenamente la decisión de mis perplejidades, el veredicto sobre mis actos, tan gratuitos, en apariencia, pero siempre tan obedientes a esos llamados.
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A cada palabra, a cada respiro me doy más cuenta de que compartimos como especie una condición abyecta de conflicto con el tiempo: siendo lo que hemos sido y proyectando la mirada hacia lo que seremos nunca sabemos bien qué somos. Cambio mi reino por una sola certeza, y mientras llega, la vida se nos va escurriendo como esa gota de miel que no acaba de caer.
ResponderEliminarNo entendí lo de "Mutis" en el encabezado. Me encantó lo de las visitaciones. Disculpe la tardanza del coomentario y el estilo marconiano: mejor tarde que nunca.