De esa forma en la que la novedad hace de las suyas, y las equivocaciones priman menos que la expectativa de que tu interlocutor(a) diga algo que te llegue o mencione un referente común desde el cual arrancar, ese chispazo donde, uno cree, hay una conexión.
Yo, por mi parte, le doy demasiada importancia a esa conexión, y me he metido mis buenos estrellones, al descubrir, desilusionado, que lo que nos vincula es muchísimo menor que lo que parecía inicialmente, o cuando los lugares son tan comunes o tan predecibles para la otra persona, que soy un ladrillo de aburrimiento puro, con una capacidad de sorprender perfectamente nula.
Cuando aquella no era aquella sino ELLA, emprendimos un viaje donde te conocí, y obviamente, fuiste esa extraña con la que pude hablar. y yo no sé ni siquiera que tanto dije, pero me acuerdo que iba como desahogándome o quejándome, seguramente quejándome, porque cuando hablo generalmente la mitad de las palabras son suspiros, gruñidos, o refunfuños.
Obviamente, a aquella le cayó como un baldado de agua. Que yo que carajos hacía contándole mi vida a una desconocida, que por qué no habíamos hablado eso en privado, en fin, yo hablé con vos, que aún ahora sos VOS.
Para el caso, me acuerdo que pasamos por un campo de caña, caña de tierra fría, cosa que yo no sabía que existía, y esta es la hora en que no sé si esa caña dé azúcar.
Eventualmente el tiempo pasó, hablamos hasta que la extrañeza cedió y, creo yo, fuimos buenos amigos.
Y la última vez que te vi, llegué a mi casa a escuchar Norah Jones.
P.s: Al acabar estas lineas, pienso que ni aquella se acuerda de mí, y probablemente ya a vos no te guste Norah Jones...
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