Siempre había creído que su fuerza radicaba en su capacidad para desprenderse, de la gente, de las cosas, en su habilidad para no pensar mucho en el pasado.
Con ella, las cosas habían cambiado, y los post-it, los recibos, las fotos, y hasta el suéter horrible, ese que ella le había regalado, podían atestiguarlo.
Así que su presencia aún perduraba, y en el apartamento que habían compartido antes de que ella se largara dejándolo desconcertado con los chocolates que a ella tanto le gustaban en la mano, todavía quedaban su bufanda, unos cuantos CDs y el póster de Steinlen que un amigo les había regalado alguna vez.
Los CDs los vendió en la calle, en uno de esos puestos donde aún vendían vinilos y cassettes y en donde los nostálgicos iban a defender la causa perdida de los formatos obsoletos.
La bufanda, una bufanda carísima de cachemir que él le había regalado la tiró a la basura en un arranque de necedad y furia, y el póster lo conservó porque a ella nunca le había importado un carajo, y a él si le gustaba mucho el gato negro que evocaba a vino barato y a música en francés y a sombras chinescas, un espectáculo que siempre había querido ver.
Durante varios meses durmió tranquilo, y el fantasma de ella le dio respiro, el dolor amainó y muchos días ni se acordaba de ella ni la extrañaba, salvo en esas horas grises en que la ciudad te cala y el ruido te aturde y la indiferencia de los transeúntes te abofetea mientras caminas.
Le había vuelto a tomar gusto a esas tardes solitarias en las que iba a tomar café, o a cine, o al centro de la ciudad a ver exposiciones de lo que fuera, siempre en esa búsqueda infructuosa, y con esas ganas y ese miedo, ambos infundados, de encontrársela, imposible alternativa, ya que se había largado a otra ciudad.
Fue en una de esas tardes, al salir de su trabajo de profesor de colegio, trabajo que había aceptado cuando se había graduado porque era muy perezoso para buscar ofertas, y en todo caso muy orgulloso para andar aceptando negativas de su hoja de vida de profesional mediocre con un perfil menos que competitivo, que se encontró con un antiguo compañero de universidad de ella. El personaje en cuestión había compartido con ella los últimos semestres y con éste había desarrollado una relación cordial a fuerza de tanto verlo, claro que hacía un largo rato que no se veían porque había conseguido un trabajo muy bueno en un juzgado de la costa, y estaba en la ciudad por unos días para tramitar unos papeles en un tribunal debido a un conflicto de jurisdicciones que según le dijo, olían a corrupción y a chanchullo y aparentemente sólo le hacían perder su tiempo.
-Ahora que me acuerdo, tengo que devolverte tu libro - dijo.
- ¿Cuál libro?
- El de Murakami, el que me prestaste hace tiempo.
- Que va, ¿no me lo habías devuelto ya?
- No, si justo lo estuve hojeando anoche, pero ese no es mi tipo de literatura, siempre leo las mismas quince páginas y lo dejo tirado, lo volví a intentar por si el tiempo había cambiado mi gusto, pero sin éxito, ese tipo es un ladrillo.
El no pudo menos que sonreír. Murakami era su autor favorito, y en tiempos de universidad lo había leído ávidamente, todavía podía recitar algunos pasajes de memoria, y tenía casi todas sus novelas, y varias de sus colecciones de cuentos.
Caminaron varias cuadras sobre la avenida de sur a norte, y después emprendieron el ascenso por las empinadas calles del oriente de la ciudad hacia el sitio del abogado, que se estaba quedando en su antiguo apartamento de estudiante, donde aún vivían su hermana menor, y su gata, que no se había querido llevar para la costa, por el calor y por la falta de tiempo y por todas las demás dificultades que implicaba mudar a una gata resabiada y vieja.
Fue Sabrina, así se llamaba la gata, la que los recibió con un maullido mientras entraban. A él siempre le había caído bien Sabrina, y un viejo suceso le vino a la mente, una vez habían ido al apartamento del abogado para estudiar para un examen preparatorio y la gata le había rasgado la media a ella, y se había ensañado a arañarla sin ningún motivo aparente, mientras que ella le tomaba un odio enfermizo a los gatos en general y a Sabrina en particular, y por carambola al apartamento donde se ésta alojaba, así que esa había sido la última ocasión en la que habían pisado ese apartamento juntos, y al que ahora él volvía, y le daba la razón a la gata, creyendo que ella intuía algo que él tendría que aprender a las malas, no debía confiar en ella.
- Ahí tienes tu libro, no sé, en serio, como te lo aguantas.
- ¿Sabes? En el libro uno de los protagonistas puede hablar con los gatos; cuánto me gustaría poder hablar con Sabrina, y hacer como el personaje, que se dedica a buscar gatos para ganarse la vida, en vez de andar pendejeando con esos mocosos que me traen de los pelos.
- Pues no te ves tan infeliz con tu trabajo, de hecho, pensé que te gustaba.
- Con que aprendan a leer me doy por bien servido, pero si pudiera hablar con los gatos, preferiría enseñarles a ellos a leer.
Después de un par de cervezas, él no pudo aguantarse las ganas de preguntarle al abogado que si sabía de ella.
- Lo último que supe es que estaba bien, no hablamos hace rato- dijo éste, como pisando con cuidado. ¿Que pasó con ustedes? se veían tan bien.
- Seguramente se dio cuenta que le iba mejor sin mí, un profesor agrio y mal hablado no es buen partido para nadie.
Esa noche soñó con ella, estaban en un corredor largo y angosto, y el presentía que del otro lado estaba su salón de clase y que ya debía volver, pero quería estar con ella, y se tomaban de las manos mientras el corredor se desvanecía y de repente estaban en una cabaña donde habían pasado un fin de semana en tiempos de la universidad, y por último ella también desapareció, y sólo quedó la engañosa oscuridad del sueño.
Cuando se despertó, sintió una fatiga tremenda, frío y ganas de orinar, fue al baño sin prender la luz, y todavía somnoliento maldijo la hora en que se había metido en un trabajo donde había que madrugar, ya no podría volver a acostarse, pero todavía faltaba una hora para el amanecer, una hora que habría que matar con paciencia y sin sucumbir a la tentación de volver a meterse en las cobijas y arriesgar a quedarse dormido para su clase de siete.
Abrió el libro que no tenía en su poder hacía más de un año, y de repente la letra de ella en la dedicatoria le pegó entre los ojos, como cuando la puerta es de vidrio y por descuido no lo ves, y tu nariz paga las consecuencias.
J'aime bien les couchers de soleil. Allons voir un coucher de soleil...
(Me encantan las puestas de sol. Vamos a ver una puesta de sol.)
Sus ojos recorrieron una y otra vez la frase, como tratando de descifrarla, como si en algún rincón del mensaje yaciera la respuesta al acertijo de su vida, como si al asimilarla pudiera también superar el sentido de vacío que ahora lo atenazaba.
Dejó el libro sobre la mesa del comedor y se dio una ducha rápida, se vistió y salió a la carrera, aunque el tiempo todavía le sobraba, pero el libro le había causado una urgencia por salir a tomar aire fresco y alejarse de él.
Todo el día estuvo distraído y ausente. ¿Qué significaba que este libro hubiera vuelto a sus manos ahora que ella no estaba?
En un día de agosto sin razón especial ella había aparecido con el libro, la edición costosa, envuelta en papel kraft, sin decir mucho, salvo que lo había visto anunciado en una vitrina del centro y lo había comprado sin más.
Fueron ésos buenos días, pensó. Habían partido ese fin de semana con unos amigos para una finca en tierra caliente, en donde los mosquitos los habían masacrado, habían comido más atún del que el soportaba en todo el año y el calor había sido abrasador, pero la cerveza tenía un sabor glorioso, y el pensaba que podría pasar el resto de su vida con ella, y así se lo había dicho en aquella ocasión, a pesar de lo ridículo que se sintió durante y después de hacerlo, y ahora le parecía como una mala pasada de la vida, como una lección por su insensatez.
Cuando volvió a su casa,se sintió viejo y cansado, ¿cómo era posible que eso hubiera pasado apenas hacía un poco más de un año, y ahora las cosas hubieran cambiado tanto?
El libro yacía donde lo había dejado por la mañana, aguardándolo, esperando a ser abierto de nuevo como una caja de pandora, que explotaría en un remolino que le destrozaría el apartamento y el resto de tranquilidad que le quedaba.
Sintió miedo, pero la curiosidad pudo más, y se acercó tímidamente al libro, como tanteando el terreno en un campo minado.
Al abrirlo de nuevo pensó intensamente en ella.
- Yo que pensaba que estaba en una novela, y ella se sabía en un cuento corto.
Desde ese día, la intranquilidad y el malestar volvieron a visitarlo. Veía su fantasma en la calle, en las siluetas que se acercaban, su abrigo oscuro, a veces su pelo, otras podía jurar que olía su perfume o hasta el jabón que ella se echaba, y siempre, siempre se sentía asechado por su endemoniado recuerdo.
El libro resultó ser medicina y enfermedad al mismo tiempo. Cuando lo leía las primeras páginas le costaban trabajo casi que le pesaban, pero como si de un calentamiento se tratara los capítulos iban sucediéndose cada vez con más facilidad, y le daban un solaz a su nublada cabeza, pues la búsqueda de los personajes era, al menos así lo creía, una con la suya propia.
No obstante, conforme avanzaba, el valor terapéutico del libro iba desapareciendo, pues los misterios de los personajes se iban desenmarañando, mientras que sus propios interrogantes lo paralizaban.
Él no sabía la razón por la cual un día ella se había marchado a toda velocidad. No sabía si debía buscarla, o si quería hacerlo, no sabía si debía dejar todo allí o convencerla a toda costa de que volviera con él, sólo para resarcir su ego dejándola él a ella, o simplemente volver con ella como si no hubiera pasado nada.
Todas estas posibilidades estaban supeditadas a lo que ella quisiera al final.
Y siempre llegaba a la misma conclusión, siquiera temporal. Si se había largado, era porque no quería estar con él.
-Debo dejar todo al borde del camino. Al final no debo llevar equipaje. Mucho menos una maleta tan pesada, una carga tan onerosa.- Se repetía una y otra vez como un mantra.
- Debo enterrar su imagen y su recuerdo, sino estaré perdido sin esperanza en el laberinto de su ausencia.- sentenció.
Al terminar el libro, decidió deshacerse de él. Nunca había sido supersticioso, pero tirar un libro a la basura le parecía un pecado mayor del que podía permitirse. Regalárselo a alguien tampoco era una opción, pues uno no debe regalar algo que uno mismo no quiera, y mucho menos un pedazo maltrecho de sí mismo.
Así que decidió dejarlo tirado en un café, casualmente, como quien no quiere la cosa.
El lugar indicado fue el café al frente de la biblioteca. Tenía que ir a sacar unos libros para acordarse de Schumpeter y la destrucción creativa para explicársela a sus pupilos, y siempre que iba acostumbraba a sentarse ya fuera en las escaleras por las cuales se bajaba hacia el café o en las sillas del mismo.
El café quedaba al fondo de una plazoleta, donde se erigía una escultura de hierro que siempre le había disgustado, y constaba de varias mesas en el exterior, al borde de la plazoleta, y la zona interior, delimitada por vidrio.
El sitio estaba medio vacío salvo por unos extranjeros en la parte de adentro, así que compró un espresso, una botella de agua y se sentó en una de las mesas del rincón a hojear el libro que había sacado de la biblioteca.
Estaba por terminar su café cuando una joven se sentó en la mesa contigua, como distraída, y sin darle siquiera una mirada, sacó un cuaderno de la maleta y un libro de texto, de esos de cálculo que pululan en los primeros semestres de todas las universidades, y se enfrascó en su cuaderno de ejercicios.
El la miró, un poco indignado de que ella no se hubiera detenido a ver a su alrededor antes de sentarse, como si él fuera otro accesorio más del paisaje de piedra y cemento que no merecía ni una pizca de atención.
Lo que más lo irritó fue que se sentó en la silla opuesta de la mesa inmediatamente al lado, quedando de frente lo cual no quería decir que pudieran cruzar miradas, porque a duras penas si levantaba la mirada, y cuando lo hacía miraba a través de él, como si fuera trasparente.
Él decidió entonces echarle una última hojeada al libro, darle una pasada antes de desprenderse de él.
Pausadamente lo dejó sobre la mesa con la servilleta, el vaso y la botella de agua encima, para que no se notara hasta que hubieran recogido después de que se hubiera ido.
-Espero que el que herede el libro no sea tan indolente como ésa.- pensó mientras miraba fijamente a la muchacha que seguía ensimismada.
Cuando ya iba por la esquina lo tocaron por la espalda.
- Dejó su libro.
- Lo dejé porque quería.
- Sólo un idiota deja un libro tirado deliberadamente, eso o un analfabeta.
- Pues es muy probable que sea un idiota, ahora váyase.
- Me voy pero recíbame el libro.
- Quédeselo, ya no lo quiero.
- ¿Qué tiene de malo?
- Nada, sólo que ya me lo acabé, y no tiene más valor para mí.
- Bueno, si me lo quedo, usted esperará un pago, y no tengo dinero.
- No, no, sólo quédeselo, y véalo como un regalo o una adquisición fortuita.
- No hay adquisiciones fortuitas, todo pasa por algo. Acompáñeme a mi casa, pues creo que tengo algo con lo que puedo pagarle.
El la miró con suspicacia.
- No es nada de lo que está pensando. Vamos, es aquí cerca.
Avanzaron un par de cuadras hacia el sur del café, y después subieron por una calleja empinada, a mitad de cuadra, un caserón destartalado, del cual habían hecho un inquilinato lleno de recovecos minúsculos, que a duras penas podían ser llamadas habitaciones.
La joven lo hizo entrar hasta un patio interior al lado del cual había un arbolito, y una piecita hechiza, en donde había una camita, un pequeño armario, una mesita, un asiento y un tocador que desentonaba, pues no concordaba ni con la cama ni con el resto del escaso mobiliario.
Él supuso que ella lo había traído de la casa de sus padres, pues se notaba que era una estudiante provinciana con poco presupuesto, y el tocador correspondía en definitiva, a otra época y lugar.
En la piecita había un gatico blanco, con un lunar de pelo café en el pecho, y mitones del mismo café.
Ella lo alzó y se lo pasó, mientras el veía asombrado, e incapaz de procesar los eventos que se sucedían rápidamente.
- Pero yo no quiero un gato. dijo él.
- Es su pago, le aseguro, se llevarán bien.
Después de una inútil discusión - la chica era perseverante - él terminó por llevarse el gato a su casa.
Ella no le había dicho el nombre, pero por lo que había podido deducir, era macho, así que dijo:
- Te llamaré Natsume.
Lo que sucedió después lo dejó perplejo, el gato estaba husmeando por el apartamento, pero se volvió atentamente hacia su nuevo amo y musitó:
- Hay muchos libros en esta casa, seguro me enseñarás a leer ¿no? Por cierto, está muy bueno el afiche.
Al día siguiente, él renunció a su trabajo.
Fin
Me gustó tu cuento, sobretodo el loco final!
ResponderEliminarDicen que los primeros escritos de una persona siempre tienden a ser autobiograficos, no se si sea el caso aunque no miento estuve buscando el nombre de el y de ella durante todo el relato...
ResponderEliminarademas por si fuera poco debo confesar mi ignorancia y decir que me vi en la forzosa obligacion de buscar a Murakami e incluso habiendolo visto miles de veces tambien debi buscar a Steinlein, cosa que es ajena al comentario... aunque Schumpeter me dio pistas de los nombres y me alejo un poco de la ignorancia de no saber quien es, ni Schumpeter ni "el".
Bueno del relato, puedo decir que "magnifique", llego a conmoverme... y a despertar recuerdos también... finalmente termine dudando (y digo esto por lo bueno) si era propiedad intelectual tuya. felicitaciones
- Yo que pensaba que estaba en una novela, y solo era un cuento corto.
Simplemente es lo mejor que no leo hace mucho...Murakami es lo mejor, y porlo visto, vos vas por el mismo camino, felicitaciones...eres una gran pluma...que buen cuento.
ResponderEliminarHola no lo había podido leer hasta ahora.
ResponderEliminarMuy entretenido, reí, compartí la ansiedad del protagonista y me encontré con un desenlace inesperado. Felicitaciones!!! espero tener el placer de leer los próximos.
Muy chevere, me esperaba todo menos ese final. Muy imaginativo
EliminarMuy chevere, me esperaba todo menos ese final. Muy imaginativo
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