jueves, 21 de enero de 2016

La ventana


Cada mañana, cuando Julián Márquez llegaba a su oficina - ubicada en un doceavo piso - lo primero que hacía era levantar las persianas y mover las cortinas para permitir que la luz oblicua de las ocho entrara, sacudiendo a los objetos del sopor mañanero.
A decir verdad, no era la luz lo que constituía el motivo más importante para este ritual, pues aún en los días plomizos que era necesario ayudarse de las lámparas que estaban dispuestas en dos de las esquinas del amplio recinto, además de la que tenía sobre su escritorio, el ventanal siempre estaba despejado mientras Julián estuviera ahí. Lo que de verdad importaba, era que la ventana se pudiera ver.
Por un poco más de ocho años, Julián había venido ascendiendo en las filas de una empresa multinacional. Durante los primeros seis, había trabajado en un cubículo estrechísimo,  y durante un año sus jefes le habían asignado una pequeña oficina en el ala izquierda del edificio, pero Julián detestaba esa oficina, porque su antiguo ocupante había tenido un colapso nervioso y un buen día había decidido destrozarla y salir corriendo desnudo ante las miradas atónitas de sus compañeros de trabajo. Como era de esperar, en su momento el incidente dio lugar al cuchicheo y las especulaciones de todos en la oficina, pero Julián fue el encargado de imponer el orden de manera lapidaria:

- Dejen ya la pendejada, y vuelvan a sus puestos, a López ya se le notaba hace rato que se le estaba corriendo la teja.

Curiosamente, esto había desencadenado un conjunto de eventos que habían ubicado a Julián como líder entre sus colegas, cosa que había llegado a oídos de sus jefes, quienes habían finalmente resuelto que  la vacante que López tan inoportunamente había dejado debía ser para Julián.
Como ya se dijo, Julián detestaba la oficina encerrada, al lado de la despensa, y de las fotocopiadoras, porque de alguna forma relacionaba la psicosis de la que había sido presa el pobre López, con el espacio que ocupaba; así que a ojos de Julián esa oficina se sentía contaminada y enferma, y por esto había empezado una carrera feroz para ocuparla el menor tiempo posible.
Como jefe regional de ventas, los resultados logrados por su equipo habían sido magníficos; las cifras crecieron vertiginosamente, y el final del año vio el ascenso de Julián Márquez al doceavo piso - el de los jefes a nivel nacional- y con éste vino la oficina con ventana que por tanto tiempo había anhelado.
La ventana era pues, el producto de su esfuerzo, y símbolo se su prestigio,  era el premio por tantos sacrificios, trasnochos, la caspa y el estreñimiento que no cejaban, y el recordatorio constante de que su matrimonio casi acaba por su adicción al trabajo.
Es por eso que Julián se detenía a inspeccionar el ventanal, se deleitaba en su existencia, y a veces, recorría con sus dedos el borde inferior de ésta mientras la mirada se perdía en la lejanía.

Y es por eso también que, cuando la empresa se vino abajo, y los altos ejecutivos fueron aprehendidos por malversación de fondos, y las secretarias empezaron a destruir papeles en las trituradoras, y el caos reinó, Julián acarició amorosamente la madera de la ventana, la abrió, y saltó a la libertad.















1 comentario:

  1. que buen escrito. A veces acaricio de la ventana de mi encerrada oficina y me dan ganas de volar, pero luego el miedo viene y ya no puedo hacer nada.

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